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Mar
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Un Reich que vino del Este

Lisa Lyon x Mapplethorpe - 1982

SEXUALIDAD Y REVOLUCIÓN, Parte I

Las acusaciones de fraude y chantaje por comercializar un “acumulador de energía sexual” que –aseguraba él– podía curar el cáncer, selló para siempre la suerte de Wilhelm Reich (1897-1957) y opacaron el valor de la obra anterior de este innovador que hizo de la audacia de pensamiento su marca, y cuya historia vale la pena conocer.

El individuo sano ya no tiene, prácticamente, moralidad en sí mismo porque tampoco tiene impulsos que necesiten una inhibición moral.
WILHELM REICH; La sexualidad en la lucha cultural

Al comienzo de La función del orgasmo –cuya primera edición en castellano fue publicada en 1955, un año antes de que su autor muriera de un ataque cardíaco en una prisión estadounidense–, Wilhelm Reich promete “detalles y resultados de investigación que no se encontraban a disposición de otras personas”. El enigma que este hombre aseguraba haber resuelto era nada menos que la ancestral controversia entre la concepción mecanicista de los fenómenos biológicos y la que sostiene que una “energía vital” anima a la materia en los procesos vivientes.

 

Wilhelm Reich

Wilhelm Reich

Médico psiquiatra, psicoanalista e investigador académico, Reich había nacido en 1897 en el castigado territorio de Galitzia, que hoy pertenece a Ucrania pero por entonces era parte del Imperio Austrohúngaro. Fue soldado en la Primera Gran Guerra, había escapado del nazismo antes de la Segunda, fue defenestrado por los marxistas y por los psicoanalistas; en 1939 debió irse del país que le dio asilo por un escándalo de fraude científico, y en Estados Unidos no la pasó mucho mejor. Recibió el típico estigma de las personas poco convencionales, pero cada cual sitúa el desbarrancamiento de Reich en un momento diferente de su historia (según qué parte de sus ideas pretenda dejar de lado). Pero es actitud común la de apelar sobre todo a sus últimas extravagancias para invalidar toda su obra, como si el naufragio invalidara la autenticidad de su apasionada búsqueda.
Al comienzo de su carrera, en Viena, Reich se extrañaba de que casi no existieran estudios científicos sobre la sexualidad humana: sus contemporáneos no consideraban serio el tema. Por eso al conocer a Sigmund Freud –primero sus ideas, después personalmente– se volcó fervientemente al psicoanálisis, ingresó en 1920 en la Sociedad Psicoanalítica de Viena –de la que en 1934 será expulsado– y llegó a convertirse en uno de sus más destacados referentes y pioneros.
Idealizar lo inconsciente formaba parte del Romanticismo; lo que hizo Freud, desde fines del Siglo XIX, fue postular que lo inconsciente es la inmensa mayor parte de nuestra vida psíquica y, sobre todo, iniciar un largo divorcio de la biomedicina –la cual a su criterio no tenía por entonces el desarrollo suficiente para la empresa que él se proponía– y valerse de los mitos, la cultura y el lenguaje para intentar descifrar, a través de largas y frecuentes entrevistas con sus pacientes, los vericuetos de esa vida inconsciente, que no será más la anormalidad de la sinrazón, sino una condición universal del ser humano que además, dentro de ciertos límites, puede ser modificada. El postulado central del psicoanálisis es que al hacer consciente lo inconsciente, se desarticulan las propias causas de los síntomas psiquiátricos.
Fuera de Freud, los psicólogos experimentales buscaban por entonces establecer leyes, pero no sobre una entidad definida teóricamente como lo era el inconsciente freudiano, sino leyes generales y abstractas basadas en el comportamiento –“behavior”, en inglés– en términos de estímulo-respuesta. Nietzsche se reía de “los psicólogos ingleses”, que “buscan lo normativo allí donde el orgullo intelectual menos desearía encontrarlo”: en la animalidad, en lo instintivo. Por entonces, según lo cuenta el propio Wilhelm Reich, estaba de moda explicarlo todo mediante “instintos” y asignarle uno a cada función: un “instinto del placer”, un “instinto maternal”, un “instinto gregario” o un “instinto altruista”.
Frente a eso, Reich consideró al psicoanálisis –y así lo sostenía, aunque hoy le resultaría imposible– una “ciencia natural”. La teoría freudiana de la libido diferenciaba por primera vez a la sexualidad humana (la introyección corporal del placer y el displacer, que comienza desde el mismo nacimiento del individuo, o incluso antes) de la genitalidad (la actividad sexual propiamente dicha) y de la función reproductiva. Decía que a través de instituciones como la familia y la escuela, la sociedad reprime la sexualidad infantil –la búsqueda del placer que cada ser humano lleva adelante desde que nace–, pero esta sigue merodeando en la inconsciencia de los instintos, provocando en general síntomas neuróticos. La “represión” del medio externo se reedita en el interior, como una metáfora viva de la lucha entre los instintos y la moral dentro de cada individuo. Freud se hizo famoso, entre otras cosas, curando parálisis psicosomáticas, muy frecuentes en las mujeres de clase media acomodada de entonces: la inmovilidad era una suerte de “autocastigo” inconsciente ante pensamientos sexuales reprimidos que, según los mandatos culturales, una mujer “no se podía permitir”. Era la época victoriana y faltaban muchas décadas para la revolución sexual, para la pastilla anticonceptiva, para que se hablara de equidad de género.
El joven Reich especificó que la “libido” no era el impulso sexual consciente, sino la energía del impulso sexual, que era en definitiva el generador de la vida. Y buscó fundamentarlo mediante la investigación biológica.

La revolución sexual

Simpatía por los demonios

La historia de la psiquiatría es la historia de los psiquiatras y no la de los enfermos.
FRANCO BASAGLIA; Las técnicas psiquiátricas como instrumento de liberación o de opresión

Durante la década de 1920, Reich había trabajado como neuropsiquiatra en el Hospital Universitario de Viena, y a partir de 1924 comenzó a investigar las causas sociales de las neurosis en el Instituto Psicoanalítico de Viena. Pronto dirá que la disciplina creada por Freud no era aplicable como estrategia de salud pública a gran escala para prevenir crisis psiquiátricas, porque “sólo una fracción muy pequeña de las personas psíquicamente enfermas pueden ser tratadas”, y muchos de aquellos a los que las perturbaciones no les permitían adaptarse a la vida social –poder “amar y trabajar”, según la definición de salud mental dada en su momento y a la vez luego cuestionada por el propio Freud– no llegaban jamás a la consulta.
Lo suyo no era el laboratorio sino el barro de la clínica. Allí vio que las “perturbaciones de la función genital”, de las que poco o nada se hablaba, eran mucho más numerosas que cualquier otro tipo de trastornos. Las tormentosas fantasías de asesinato, impulsos homicidas o perversiones eran más notorios en las clases pobres: era allí donde hacían estragos aquellos síntomas que en los individuos de clases más acomodadas no pasaban de ser relativamente inofensivos. La miseria económica parecía facilitar la irrupción de impulsos perversos en la vida cotidiana, en relación obvia y directa. “Cuando se los enviaba a observación psiquiátrica […] se los ponía en la sala de los intranquilos hasta que se calmaran. Después se los daba de alta o, si desarrollaban una psicosis, se les trasladaba a un manicomio.” Estos pacientes “provenían casi exclusivamente de la clase obrera”, y sus neurosis sólo se diferenciaban de las de la clase media por la ausencia de todo refinamiento cultural en las manifestaciones: “Son una rebelión sin disfraz contra la masacre psíquica a la que están sometidas. El ciudadano acomodado lleva su neurosis con dignidad […]; en las personas de clase trabajadora, se manifiestan como la tragedia grotesca que en realidad es.”
Alrededor de 1930, paralelamente a la época en que se muda a Berlín, Reich va llegando a la conclusión de que algo en las enfermedades mentales actúa como una fuerza que se opone a la mejoría del paciente, y es el miedo a la excitación placentera y la incapacidad para el placer corporal.
6290570259_6641babb4a_nMientras los psiquiatras de entonces –como en general los de hoy– consideraban a la psicosis como un estado de percepción distorsionada de lo real, Reich sospechó que la causa era una dificultad para reconocer los propios sentimientos e impulsos, una especie de reacción enfermiza de rechazo que volvía automático el impulso de negar la realidad interna y externa. Hasta la percepción se reorganizaba en función de ese rechazo, como la montaña que va hacia Mahoma, y lo que el paciente con esquizofrenia paranoide experimentaba como su “perseguidor”, decía Reich, era su propia persona, “porque no puede enfrentar la irrupción –y aquí un término que en adelante será crucial en su doctrina– de sus corrientes vegetativas”.
La esquizofrenia no será vista por él más que como una manifestación grotesca de lo que sucedía en general con el hombre de su época: la pérdida de contacto con su “naturaleza verdadera”, su núcleo biológico. Y ese núcleo biológico era el instinto sexual.
Estas ideas –junto con la influencia que ejercieron en él el marxismo y la afiliación al Partido Comunista– derivaron en la Alemania de entreguerras en la creación de la Asociación para la Política Sexual Proletaria (SexPol), donde Reich se pudo concentrar cada vez más en el conocimiento clínico de la sexualidad. Por la Sexpol pasaron en Berlín más de 40.000 alemanes, especialmente de case obrera. Allí recibían sesiones de terapia y –hoy hasta suena trivial, pero esto era absolutamente impensable en la Alemania de 1930– educación sexual.
En Alemania ascendía imparablemente el nazismo y a él, un comunista de ideas poco convencionales, que hablaba de sexo y procedía de una familia judía, eso le producía algo más que inquietud intelectual. “Mientras nosotros exponíamos a las masas magníficos análisis históricos y disquisiciones económicas sobre las condiciones imperialistas –recordaría después–, ellos [los alemanes] se entusiasmaban con Hitler desde lo más profundo de sus sentimientos”. No lo seguían por sus ideas, sino por una motivación más irracional, algo que al principio él apenas intuía como la búsqueda de una satisfacción intensificada de ciertas necesidades. El modelo freudiano del inconsciente sin duda podía dar alguna pista, pero si hubiese dado en el clavo sobre la naturaleza de ese fenómeno social, sus colegas psicoanalistas no podían ser tan indiferentes a lo que pasaba.
A lo sumo, los más críticos hablaban de “psicosis colectiva”, pero esta patologización del adversario era demasiado burda como para que Reich la tomase en serio.
Tal vez fuera un problema de “salud pública” lo que aquejaba al pueblo alemán, pensaba. Algo más complejo, relacionado con el cuerpo, o con esa inexplorada zona en la que cuerpo y mente se hacen uno, aquello que al psicoanálisis se le escapaba como líquido por un colador, pero que él debía descubrir.

(Continuará)

Marcelo Rodríguez

Revista La Otra N°26(Fragmento de un artículo publicado con el título “Sexualidad y revolución” en el N°26 de revista La Otra, 2012)

 

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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