09
Mar
16

Inteligencias no racionales (II): Divididos por la felicidad

Yin y yangDonde se habla de Yin, de Yang y de Jung, de la androginia, de cómo es eso de que la falta de límites conduce a la sabiduría, de Nietzsche, del secreto para envejecer bien, de León Felipe, de lo que supone que hay en esa mitad del cerebro que no es racional ni emocional, de muchos otros temas y personajes más y, por su fuera poco, hasta de sexo. Y todo por el mismo precio. Un artículo –al decir de Gelblung– que seguramente lo conmoverá.

La idea más conocida que el taoísmo dejó por esta parte del mundo es la dualidad, la de los opuestos que se conjugan en todo lo viviente: Yin y Yang. Lo femenino y lo masculino –no los sexos, sino los paradigmas– definidas, según el historiador Gonzalvo Mainar, “mediante un proceso lógico ajeno al nuestro, de tendencia unitiva más que discriminativa”. Lo oscuro, intuitivo, húmedo y receptivo por un lado; lo claro, racional, seco y expansivo por el otro. Carl Gustav Jung, el discípulo renegado de Freud, estaba convencido de que la racionalidad es demasiado limitada para expresar la vida, y entendió al Tao como un “símbolo vivo” que persigue la liberación de los contrastes presentes en la naturaleza humana. Los extremos –la luz y la sombra– pueden ser entendidos racionalmente, pero su conjunción dinámica debía darse, según Jung, necesariamente en el inconsciente.

Quiso el capricho histórico que el Siglo de Oro de la cultura helénica –Sócrates, Platón, Aristóteles– resultase prácticamente contemporáneo de Lao Tse, pero las casualidades no terminan ahí. “En primer lugar, tres eran los sexos de las personas, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había además un tercero que participaba de estos dos –le hace contar Platón a Aristófanes en El banquete–. El andrógino, entonces, era una sola cosa en cuanto a forma y nombre […]. En segundo lugar, la forma era redonda en su totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo”. Estos seres circulares se engolosinaron con sus propias capacidades y desafiaron a los dioses, tanto que Zeus decidió cortar por lo sano y dividirlos en mitades, que en adelante errarían por la vida en busca de su mitad perdida. Quienes procedían de aquellos seres puramente masculinos sólo se enamorarían de la virilidad e inteligencia de los mancebos, ocupándose de las mujeres sólo para los menesteres de la procreación, mientras que los varones descendientes del andrógino se hallaban condenados a desperdiciar su vida en la vulgar tarea de correr tras las mujeres para sentirse completos. De las mujeres de estirpe puramente femenina poco se habla, más que de su tendencia a amarse entre ellas; después de todo, ni siquiera eran consideradas ciudadanas en la polis ateniense.

Inteligencia y sabiduría eran atributos intrínsecamente masculinos, tanto que para preservarlas, la elite intelectual evitaba todo contacto con mujeres, por el temor de que eso los “feminizara”.

Aristófanes le atribuye a Apolo, el joven dios de la belleza masculina, el haber dado su forma final a esas mitades separadas por Zeus. Es esta deidad de las artes figurativas –la escultura, la pintura y la poesía, así como también las formas perfectas de la matemática– la que esculpe el torso y el sexo de los seres humanos. Y en su obra El origen de la tragedia, Friedrich Nietzsche (1844-1900) le atribuirá al mismo dios el mérito de haber aplacado al salvaje Dionisos, dios del vino, los placeres y, en fin, de la desmesura que libera toda energía del espíritu.

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Friedrich Nietzsche y los bigotes más famosos de la historia de la Filosofía

La hipótesis nietzscheana sostiene que a través de su devoción por las formas simbolizadas en Apolo, la civilización helénica logró sublimar la necesidad de los cultos orgiásticos y crueles que proponía la mayoría de los politeísmos de la Antigüedad. Y que esa decisión colectiva de esconder la animalidad humana fuera de escena determinó que Atenas no pasase por la Historia como una más entre tantas naciones conquistadoras de pueblos a sangre y espada (que lo fue), sino como la piedra angular indiscutida de la civilización occidental, con sus defectos y virtudes. Pero a la vez, insistió Nietzsche en 1872, ese apego a lo apolíneo propició la decadencia de la cultura helénica, porque la llevó –decía– a sepultar a Dionisos, a olvidarse de que no toda la belleza y el conocimiento radican en las formas perfectas, y que olvidar que el deseo es oscuro –cosa que permanentemente recordaban los autores de tragedias, anteriores al siglo dorado– tiene su precio.

Bacanales

Dionisos, el dios de las bacanales, no conoce límites

“¿Quién puede aclarar lo oscuro, cuando ello deviene lentamente en luz?”, se pregunta el Tao Te Ching. En estos modelos de sabiduría, en general, se rehúye a todo intento de modificación de la naturaleza. Ya anciano, el filósofo, escritor, autor de teatro y político romano Lucio Anneo Séneca (4 a.C. – 65) le recomendaba a Lucilio que renunciase a modificar incluso la propia naturaleza (el carácter), porque “ninguna sabiduría puede borrar nuestras imperfecciones naturales”, y “lo que aparece en nosotros inscrito congénitamente” en todo caso “puede ser suavizado, pero no extirpado”.

El placer intelectual era para Séneca la única herramienta para hacer soportable la vida, y la forma de experimentar el presente en su mayor intensidad. No rehusaba el contacto con “la turba”, pero la alternancia con el pensamiento medio lo estresaba. Comprender y aceptar el mundo tal como es era para él, prototipo del sabio en Roma, una tarea que demandaba cada momento de la vida, y que tanto mejor resultaba cuando no era interferida por el deseo: “¡Cuán dulce es haber fatigado y abandonado los deseos!”, escribió Séneca en Ventajas de la vejez.

Acusado sin demasiadas pruebas de haber participado en un complot contra Nerón, Séneca, con casi 70 años, recibió un correo con su sentencia de muerte, pero prefirió el suicidio.

La entidad bipartita

Como Blake, el español León Felipe (1884-1968) tampoco creía que “poesía” fuera simplemente una forma de escribir en la que los textos no legan al margen izquierdo:

indexDeshaced ese verso.
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma.
Aventad las palabras,
y si después queda algo todavía,
eso
será la poesía.

 

Las primeras evidencias acerca de un cerebro humano “partido en dos” no sólo anatómica sino funcionalmente, donde un hemisferio soporta las capacidades del lenguaje, el pensamiento lógico-matemático y la lectura y el otro, en cambio, coordina algo más difícil de definir y que sólo se hacía notar cuando faltaba, surgieron con los estudios empíricos de los pioneros de la neuropsiquiatría Pierre Paul Broca (1824-1880) y Carl Wernicke (1848-1905). Algunos de sus pacientes con lesiones severas en las áreas parietal y temporal izquierdas del cráneo tenían dificultades para hablar, leer o razonar. No pasaba lo mismo con los lesionados sólo del lado derecho, que se comportaban raro, pero seguían hablando, recordando, sumando y multiplicando.

Efectivamente, el hemisferio izquierdo, además de dirigir los movimientos de los miembros derechos, era el responsable casi exclusivo del pensamiento formal. Y el derecho, gobernante de la mitad izquierda del cuerpo –la de la mano menos hábil, salvo en los zurdos– intervenía en la ubicación espaciotemporal, las habilidades musicales, el reconocimiento de las formas y –como más adelante se lo definió– la intuición.

Carl Sagan, que contó esa historia en 1993 en Los dragones del Edén, creyó preciso aclarar ahí que “intuitivo” no es lo mismo que “innato”: la intuición, eso que se piensa o se sabe aunque no se pueda explicar muy bien por qué, también puede basarse a veces, por qué no, en prejuicios socialmente construidos. En 1940 el psicocirujano William Van Wagenen tuvo la idea de seccionar el cuerpo calloso –la masa de tejido neural que conecta las cortezas de ambos hemisferios– en el cerebro de una persona con epilepsia grave. El paciente sufría graves convulsiones cada media hora, lo cual lo convirtió, como a muchos otros, en candidato a una operación innecesaria y cruenta a ojos de hoy, pero que por entonces fue vista como una prometedora hazaña médica. Van Wageren sostenía que cortando la conexión, los ataques no podrían propagarse de un hemisferio al otro, y al menos uno de ellos, el derecho o el izquierdo, quedaría a salvo.

El paciente vio aliviados sus ataques, pero las secuelas de la operación dejaron perplejos a los analistas, el psicobiólogo Roger Sperry –que recibirá el Premio Nobel en 1981 por este trabajo– y un discípulo suyo, el entonces estudiante Michel Gazzaniga. Las personas con el cuerpo calloso seccionado podían escribir perfectamente una palabra sin mirar la hoja, pero no tenían idea de lo que habían escrito. O escribían en letra grande una palabra completa (como “MORE”) pero creían haber escrito sólo la mitad (“RE”). O les resultaba imposible representar una figura tridimensional: no podían conciliar el reconocimiento de las formas en un plano con la inteligencia visoespacial. La visión del campo derecho, el lenguaje, la escritura, la inteligencia matemática, el oído derecho y los movimientos de la mano derecha, regidos por el hemisferio izquierdo, quedaban completamente desconectados del campo visual izquierdo, la ubicación espaciotemporal (“estereognosis”), la percepción “gestáltica”, el oído izquierdo y los movimientos de la mano izquierda, todas capacidades gobernadas por el hemisferio derecho. Unas funciones mentales estaban tan ajenas al conocimiento de la otra como lo están los pensamientos de una persona respecto de los de otra.

brain-imagingDe modo que medio más medio no suman exactamente uno, sino que la conexión entre ambos hemisferios y su trabajo integrado eran fundamentales en el funcionamiento normal del cerebro.

Más adelante otros trabajos desmintieron o relativizaron estos descubrimientos, asegurando que el divorcio de las funciones motrices y cognitivas en ambos hemisferios no es una condición universal. Había, por ejemplo, personas con lesión craneal que conservaban la función del lenguaje cuando en teoría habrían debido perderla, lo cual probaba que había lenguaje en ambos hemisferios. Pero todos ellos habían recibido serios traumatismos del lado izquierdo a muy corta edad, antes de completar la maduración cerebral, y antes de haber aprendido a hablar, leer y escribir.

De manera que las funciones cerebrales se asentaban sobre el tejido neuronal sano, sin importar de qué lado del cerebro estuviera. Eran los primeros indicios de que las funciones cerebrales no eran “órganos autónomos”, como muchos creían, y del fenómeno que más tarde se conocería como “plasticidad neuronal”.

PET cerebralOtro dato sorprendente llegó por el lado de la tomografía por emisión de positrones (PET), usada en laboratorio para estudiar la actividad del cerebro en acción: la función del habla en los chimpancés (en los que hablan) no se encuentra en ninguno de los hemisferios de la corteza, sino escondida en la región límbica, más primitiva desde el punto de vista evolutivo, de manera que la base biológica de la escisión entre lenguaje e intuición es un fenómeno que atañe exclusivamente a la naturaleza humana.

Pero lo específicamente humano es la cultura: es en ella donde esas contradicciones se agudizan, o se integran como en el Tao.tao

 

(Fragmento de un artículo publicado en la sección “Clases Magistrales” de la revista Noticias, en febrero de 2013, con el título “Una historia de la inteligencia”)

 

Leer:

Inteligencias no racionales (I): En busca de “la cosa en sí”

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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