22
Feb
16

Inteligencias no racionales (I): En busca de “la cosa en sí”

King Solomon's children

Ponerse a adorar dioses extraños fue la gran metida de pata del rey Salomón, y selló la suerte del más inteligente de los protagonistas bíblicos

Cual si fuese un anacrónico experimento de percepción distorsionada, vuelve a la vida Malestar Pasajero; aquí, con una vuelta de tuerca sobre un concepto que tenemos demasiado naturalizado.

 

Salomón, hijo del rey David, era joven y tenía la liviandad de escrúpulos que hacía falta para abrirse camino en la lucha por el poder en un mundo sin demasiada corrección política. La conquista era lo suyo: las Escrituras le atribuyen haber tenido “setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas”. Sólo ansiaba la sabiduría necesaria para gobernar a su pueblo. Y así como Fausto recurrió a Mefistófeles, Salomón –a quien las investigaciones historiográficas atribuyen haber vivido al filo del primer milenio antes de nuestra era– hizo uso de la línea directa que tenía con el Dios de su padre, para pedírsela.

Conmovido por la sinceridad del pedido, el Todopoderoso le concedió (y es llamativo que varias traducciones del Antiguo Testamento coincidan en el término) una superlativa inteligencia: “Porque has demandado esto y no has pedido para ti muchos días, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos, sino que demandaste para ti inteligencia para oír juicio –le dijo–, he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú”.

Cierto día llegaron ante él dos mujeres que se disputaban la maternidad de un recién nacido, y la respuesta del rey fue de lo más expeditiva: que traigan una espada, seccionen a la criatura al medio y le den una mitad a cada mujer.

Una de las litigantes se mostró conforme con el fallo, mientras que la otra, quebrada por el dolor, aceptó dar por perdida la disputa con tal de que no se cometiera tal brutalidad. “Ella es la verdadera madre”, dijo entonces el rey, y ordenó que le entregasen al niño.

A partir de aquel fallo salomónico –modalidad de resolución de problemas no exenta, por cierto, de una importante dosis de riesgo– la fama del rey se extendió por todos los confines del mundo y, según se cuenta, llegaba a su reino gente de aquí y de allá para escuchar sus disertaciones “sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared –se refiere al Hyssopus officinalis, una planta aromática–; sobre las aves, sobre los animales, sobre los reptiles y sobre los peces”. El rey-sabio condujo a su pueblo en la época de máximo esplendor del reino de Israel. También se le atribuyen el libro de los Proverbios y el Cantar de los Cantares –ambos incluidos en la Torah–, producto de la vocación poética heredada de su padre el rey David.

Veintisiete siglos después, un poeta ingles –William Blake– tuvo la intuición de señalar a esa vocación poética de los reyes bíblicos no como ornamento, sino como el fundamento mismo de una forma de ejercer poder: “El Genio Poético es el primer principio y todos los otros, meros derivados”, le hará decir Blake a un hipotético “profeta Ezequiel”. El mérito crucial del rey David, el gran poeta, fue haberles hecho creer a todos que a ese “genio poético” le debía la conquista de sus enemigos y el gobierno de sus reinos. Al filo del ocaso del Siglo de las Luces, el poeta inglés ensayaba una explicación racional sobre la naturaleza de ese “dios-poeta” capaz de conferir a la vez la fuerza, el poder y la inteligencia.

La derrota de los ángeles rebeldes - Willisam Blake

“La derrota de los ángeles rebeldes”, de William Blake

El genio poético del que hablaba Blake es una firme y autoritaria decisión, la férrea voluntad de un capricho, de una imagen que se impone como deseo y exige ser materializada. ¿Tan simple como eso, como creerse poderoso y acertar? No tan simple. El secreto, nos revela este “falso” Ezequiel, está en que “la mayoría [de las personas] no es capaz de una convicción firme”. Y ya se sabe lo que le sucede al tuerto en tierra de ciegos.

Así fue que las puertas del mundo se abrieron ante Salomón, pero la sed de conquista terminó sellando su suerte. Algo en él, tal vez los instintos, tal vez la desesperación por la muerte a la que sentía próxima, pudo más que su proverbial sabiduría. Y llevado de las narices por esposas y concubinas extranjeras que adoraban a otras deidades, cayó a los pies de la fértil diosa lunar Astarot y adoró a Moloch, el dios con cabeza de batracio por el que los fenicios arrojaban a sus hijos al fuego.

Y entonces conoció la ira del dios-poeta que lo había hecho su elegido y que, celoso, condenó la infidelidad. Al rey nadie le quitó lo bailado pero al morir, su reino, asolado por las disputas internas, quedó partido en dos.

Una fugaz incursión por China

La gran muralla

La mayoría de los antiguos libros canónicos chinos fueron destruidos por el emperador Qin Shi Huang (259-210 a.C.), artífice de la Gran Muralla, quien, temeroso de que el saber custodiado por los monjes permitiera ensombrecer o cuestionar sus rígidas leyes, enterró vivos a 460 de ellos junto con los volúmenes. Entre los pocos sobrevivientes del hecho hubo quienes guardaron los textos íntegros en su prodigiosa memoria. Una reciente tecnología de origen chino llamada papel permitió que se los dictasen a un grupo de escribas que trabajaban clandestinamente, y así muchas de estas obras llegaron hasta nuestros días. La versión actual del Tao Te Ching –traducido muy aventuradamente como “Libro del Recto Camino”data de una rescritura realizada en el siglo XV, pero el original había sido escrito veinte siglos antes.

De la vida de su supuesto autor, Lao Tse, se sabe tan poco que hasta se duda de que haya existido. Cuenta la leyenda que nació anciano, y que probablemente sus ideas no fueran originales sino tomadas del brahmanismo hindú o del Tibet. Hay quienes piensan que su obra es sólo una compilación hecha por monjes taoístas: otros sostienen que vivió en el siglo V a.C. y que fue contemporáneo de otro personaje legendario, a la sazón su gran rival: Kung Fu Tzu, más conocido como Confucio. Ambos hablaban del “tao”, pero entendían por “tao” cosas bien diferentes. Confucio entronizaba la virtud y la norma, mientras que en Lao Tse reinan la paradoja y la anarquía, porque proponía el acceso a la sabiduría por medio del absurdo.

El sistema ideográfico chino, mucho más adaptado al saber poético que al saber técnico, dificultó aun más la traducción de Tao en Occidente. Originalmente significa “camino”, pero cuando los astrónomos chinos llamaron tao a las órbitas de los planetas, los filósofos se inspiraron y empezaron a usar el término con un sentido más abstracto, para designar algo inmutable, trascendente como el orden cósmico.

Esa aptitud del lenguaje para la metáfora fue, según la Historia de la Filosofía (1956) del alemán Ernst von Aster, la que permitió asociar el orden cósmico a una entidad abstracta única pero –a diferencia de los dioses surgidos de un Oriente más cercano– sin rasgos humanos. Por eso el taoísmo no es exactamente una religión: no recurre a explicaciones sobrenaturales de la realidad. “El pensamiento chino se mueve en símbolos de conceptos abstractos –sostiene Von Aster–, y al mismo tiempo posee una fina comprensión para los sentimientos que despiertan estos símbolos”.

tao

Tao

Una extraña conjunción de intuición y pensamiento abstracto que no excluye la participación de los sentimientos para elaborar conceptos y experimentarlos subjetivamente. El “Recto Camino” propuesto por Lao Tse no es un compendio de recetas apaciguadoras, sino un camino de paradojas donde el choque entre lo que se dice y la realidad sensible es lo que activa el pensamiento. Es un elogio de la incertidumbre, enseña a desconfiar del lenguaje, de los conocimientos adquiridos y de las ideas, a leer-entre líneas esas palabras que, siempre, están ahí para invocar lo ausente: si se habla de patriotismo es señal de que hay “confusión y desorden en los pueblos”; cuando hay hijos filiales y padres devotos significa que las relaciones familiares no son armoniosas; cuando se habla demasiado de rectitud y de bondad, es que se ha perdido el fundamento de todo, el Tao.

Y esta forma de pensamiento, desde luego, no calificará para ser considerada “inteligente” por los científicos occidentales durante la mayor parte del Siglo Veinte.

En este modelo de pensamiento –que no calificará para ser considerado “inteligente” por un académico europeo de hace cincuenta años– la sabiduría se logra mediante la introspección, y el sabio sufre en carne propia el contraste entre su introversión y el mundo de los que ansían la riqueza material. Pero también está en contradicción con el mundo del conocimiento, porque la sabiduría no es conocimiento. El taoísmo en China fue un modelo de sabiduría totalmente desvinculado de lo operativo, en una civilización –no hay que olvidarlo– mucho más tecnificada que cualquier pueblo occidental de entonces. En su extremo conservadurismo, intuyó algo que los físicos del Siglo Veinte llevaron al lenguaje matemático: que el sólo hecho de conocer algo de la realidad, lo modifica.

 

Marcelo Rodríguez

 

(Fragmento de un artículo publicado en la sección “Clases Magistrales” de la revista Noticias, en febrero de 2013, con el título “Una historia de la inteligencia”)

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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