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May
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El naufragio de Wilhelm Reich

FscismoEl hombre que aseguraba que “el individuo sano ya no tiene, prácticamente, moralidad en sí mismo porque tampoco tiene impulsos que necesiten una inhibición moral”, terminó sus días en la cárcel. Por orden del FBI habían sido quemados bajo acusación de fraude científico sus libros sobre una supuesta cura del cáncer, pero también los ejemplares de “La psicología de las masas del fascismo”. Vale ll pena conocer la historia de Wilhelm Reich.

El médico y psicoanalista Wilhelm Reich, nacido en lo fue el Imperio Austrohúngaro, murió en una prisión de la ciudad de Nueva York en 1957. Ya hemos contado aquí los primeros años de su historia. Ahora, al preguntarnos si es posible encontrar en su producción teórica las huellas de su naufragio, todas las respuestas conducen hacia el ontologismo de la libido o energía vital, con que la ciencia occidental jamás se llevó bien cada vez que le tocó cruzarse. Pero a la vez, Reich difícilmente hubiera podido desarrollar su método de análisis del carácter –una de sus más importantes contribuciones– de no haber contado con esa idea.

Freud había esquivado el berenjenal hablando de una “pulsión de vida” y una “pulsión de muerte” (Eros y Thanatos) en permanente relación dialéctica dentro de las corrientes vegetativas inconscientes, sede de la emocionalidad humana y de la motivación. Pero a esas “pulsiones” que conforman la libido, Reich las entendió como una única energía en sentido físico y, como tal, sujeta a las leyes y los parámetros de la física.

En 1933 asciende el nazismo al poder en Alemania, y Reich publica La psicología de masas del fascismo y Análisis del carácter. Bastaron un par de furibundas críticas contra sus libros en el pasquín nazi Volkischer Beobachter –acusándolo de “afeminado, comunista y judío”para indicarle que seguir en Berlín  no era lo mejor para su salud. Luego de un breve paso nuevamente por Viena, Wilhelm Reich se marcha a vivir los próximos años de su vida a la fría Noruega.

Pero no fue ese el punto de inflexión para su ontologismo de la libido, que viene de mucho antes. Ya en 1921, Reich había presentado ante la Sociedad Psicoanalítica de Viena un trabajo que llevaba el heterodoxo título de Energética del impulso. Durante toda esa década, mientras pasaba los días escuchando las fobias, obsesiones y perversiones sexuales de sus pacientes, Reich devoró libros de astronomía y electrónica, estudió la teoría cuántica de Max Planck y la relatividad de Albert Einstein, el principio de incertidumbre de Heisenberg, el modelo de constitución de la materia desarrollado por Niels Bohr… “Por científico que sea todo esto, no es posible olvidar un sólo momento la magnitud del Universo”, escribiría después recordando aquellas épocas, en las que alimentaba su sistema de valores contrario a la moral burguesasus simpatías por la locura y su aversión a la moral burguesa y a sus valores. Los locos tenían alguna noción de lo que significaba el infinito, mientras que los burgueses, decía, construían sus ideas de grandeza “alrededor de su constipación y de su potencia disminuida”.

Ante las dificultades del psicoanálisis para explicar la naturaleza de los fenómenos por los que el “deseo inconsciente” era capaz de traducirse en enfermedades con correlato fisiológico, y las de la psiquiatría que no atinaba a considerar a las perturbaciones psíquicas más que como una alteración mecánica en el sistema nervioso central –la expresión popular “le falta un tornillo” es bien descriptiva de este tipo de pensamiento–, Reich ensayó una respuesta propia. En Psicología de las masas del fascismo irá a escribir que la represión sexual, si bien es frecuente en varias culturas, no es “natural”. No está determinada por la biología, sino impuesta por el poder patriarcal, que surgió en épocas mas tardías. “En ese momento se comienza a poner al servicio de la minoría los intereses sexuales de todos; el matrimonio y la familia autoritaria le han dado a esta situación una nueva forma de organización. La sensibilidad del hombre se modifica con la restricción y la represión sexuales.”

En la familia autoritaria, decía, se elabora la estructura y la ideología del Estado autoritario: “La inhibición moral de la sexualidad natural […] hace del niño un ser angustiado, salvaje, sumiso, obediente, ‘amable’ y ‘dócil’ en el sentido autoritario de la palabra; todo gesto vital y libre está cargado de una fuerte dosis de angustia, que paraliza las fuerzas rebeldes en el hombre y deteriora su potencia intelectual y su sentido crítico, imponiéndole la prohibición de pensar en lo sexual.”

Reich postuló que esa represión producía individuos conservadores, reaccionarios y con una tendencia contraria a las libertades, y así fundamentaba el preocupante éxito del fascismo. Los regímenes autoritarios e imperialistas obtienen su poder de la sexualidad reprimida de las masas que, al no poder ser expresada de manera natural, se transforma en sadismo y desenfreno cuando los hombres son enviados como carne de cañón a la guerra.

En los años ’30, en Alemania, se acusaba de “propagar la sífilis” a quienes tenían relaciones con personas “no arias”. La enfermedad venérea no era en este caso más que una metáfora de la supuesta “degradación de la raza” a la que llevaría sucumbir a la tentación del mestizaje. Reich se despachó crudamente contra esta “teoría”; y contra el “darwinismo social”, que postulaba que la naturaleza efectúa en todos los seres vivos –humanos desde luego incluidos– una selección despiadada según los criterios de “fuerza” y de “salud”.

En realidad este “darwinismo social” fue compartido por todas las potencias imperialistas de Europa y Norteamérica, y llevó a figura de “selección natural” creada por Charles Darwin en 1860 hacia una forma metafísica y teleológica, en la que el proceso evolutivo dejaba de ser una consecuencia natural del paso del tiempo y la acción del ambiente para volverse un objetivo supremo fijado por entidades que sería muy difícil definir sin recurrir a lo sobrenatural.

Las enfermedades de los niños se consideraban consecuencia de “vicios de los padres”, y el vicio por antonomasia era la tendencia a la mezcla racial: “el envenenamiento de la sangre y del cuerpo del pueblo”, escribía un tal Rosenberg en “Mito del Siglo XX”, un libelo de la época fascista citado por Reich.

Semejante orden social hacía que las mujeres, los niños y los jóvenes desarrollaran una aversión hacia su propia sexualidad, y que sólo el pater familiae tuviese el derecho a un sexualidad natural. Fácil es imaginar la clase de interpretaciones y fantasías a las que se prestaba por entonces la idea de la libertad sexual como un derecho cuyo ejercicio llevaría a una sociedad más justa: ¿Habría que derribar de repente todas las restricciones sexuales? Lo que Reich aseguraba con respecto a eso era que esa fantasía de orgía perpetua y desenfreno era producto exclusivamente de la represión y de la sexualidad insatisfecha propia del sistema capitalista, y que desaparecería en el contexto de una sociedad socialista. “La sexualidad desfigurada, trastornada, banalizada, rebajada, apoya a la ideología a la que debe su existencia”, escribió. E insistía en que esa ideología tan arraigada se traducía en estructuras de la personalidad que, ante la irrupción del deseo, reaccionaban violentamente produciendo la enfermedad, el estado de no-salud.

En Análisis del carácter aplica estos conceptos a la clínica. Como las normas sociales –decía Reich– interactúan sobre el proceso biológico de crecimiento y desarrollo, inducen formas particulares de poner el cuerpo, de moverse, de contraer la musculatura y –aquí viene su despegue definitivo del psicoanálisis– de “regular su energía”. La sociedad genera en sus individuos ciertos síntomas típicos, espasmos musculares o “corazas” que el trabajo integrado analítico-corporal puede ayudar a desbloquear para devolver la salud. En el sistema que desarrolla, identifica problemas psicológicos con bloqueos en diferentes partes del cuerpo.

Más adelante, Reich denominará orgón a esa “energía”. El orgón se podía liberar naturalmente mediante la actividad sexual o la creatividad, y cuando la capacidad de liberarlo estaba bloqueada –como se creía antaño respecto de la plétora galénica– el cuerpo se tornaba terreno fértil para todo tipo de enfermedades.

El exilio

El método de análisis caracterológico, que incluía ejercicios físicos en los que el terapeuta tocaba al paciente, le valió la expulsión de la Sociedad Psicoanalítica. También fue expulsado del Partido Comunista y así, solo, arribó a Noruega en 1934, donde se dedicó a desarrollar la “vegetoterapia”, es decir, el conocimiento y el manejo de las “corrientes vegetativas” humanas.

Ahí experimentó además –con animales– las respuestas del organismo a los estímulos expresados en forma de impulsos eléctricos. Calentaba, por ejemplo, materiales orgánicos e inorgánicos a punto de incandescencia, con el agregado de potasio y gelatina.

Al inflamarse, esas vesículas adquirían un color azul: era el bioma, dijo Reich, un estado intermedio entre lo vivo y lo inerte de donde –contradiciendo todos los conocimientos existentes sobre microbiología– podían surgir bacterias sin previa infección, por generación espontánea.

Estas extravagancias se sumaron a su particular modalidad terapéutica que incluía la manipulación corporal, aunque Reich decía no ver nada extraño en ello dado que era médico antes que psicólogo.

Mientras en 1937 Leiv Kreyberg, del Instituto Bacteriológico noruego, denostaba sus estudios en el ámbito académico –las supuestas bacterias, decía Kreyberg, eran simples estafilococos generados por falta de asepsia en el experimento–, Reich avanzaba en sus hipótesis: esos “bacilos T”, como los llamaba, surgían en estados de vida deficitaria (ante la debilidad o la vejez, por ejemplo), eran destructores y perjudicaban a la vida, a diferencia de los microorganismos que se generaban del “bioma” azul, que sí eran precursores de vida. Los “bacilos T”, decía Reich, eran la causa del cáncer.

Fue el punching-ball de la prensa de Oslo, pero intelectuales como el antropólogo Bronislaw Malinowski o A.S. Neill a defenderlo resaltando su trabajo sociológico en Alemania. Y en medio de la depresión sufrida por estas controversias, que lo volvieron más hosco y retraído, Reich consiguió en agosto de 1939 la visa que le permitió radicarse en su destino final: Estados Unidos.

Aquí vivió básicamente del psicoanálisis. Sus vueltas de tuerca sobre la teoría freudiana fueron discutidas en el Journal de la Asociación Médica Estadounidense (JAMA) y en el journal de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. Pero paralelamente se dedicó a la orgonomía, en la que había derivado la vegetoterapia. El orgón, decía Reich, estaba presente en el Universo, era azul y podía captarse del cosmos mediante dispositivos. Y se dedicó a diseñarlos: construyó “acumuladores de orgón”, una suerte de grandes cajas hechas de capas intercaladas de madera y metal, a las que atribuía la propiedad de curar el cáncer. La antena orgónica era otro dispositivo: permitiría modular las condiciones climáticas.

Un atículo publicado en 1947 por la periodista Mildred Brady en The New Republic denunció estos artificios como fraude, y la Food and Drug Administration (FDA, de la que nos tocará hablar en el próximo capítulo) los consideró peligrosos para la salud pública. Comenzó así una década de persecución por práctica ilegal de la medicina, que terminó con la incineración de las obras del Orgone Institute –los manuales de los dispositivos orgónicos, pero también las ediciones de La psicología de masas del fascismo– y con el encarcelamiento de Reich a pedido del FBI en una prisión neoyorquina, donde murió el 3 de noviembre de 1957.

Semejante final le confirió una categoría herética y una condición de mártir que terminaron por convertirlo, para muchos, en una figura de culto, simpática y extravagante. Pero la intención de recordarlo en esta pequeña historia se debe a que en su trabajo y en sus ideas –algunas francamente erróneas y otras no tanto–, más que la extravagancia o el afán de provocar, se advierte esa imposibilidad de considerar a la salud independientemente de un proyecto de liberación y emancipación humana.

 

Marcelo Rodríguez

 

(Fragmento de un artículo publicado con el título “Sexualidad y revolución” en el N°26 de revista La Otra, 2012)

 

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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