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Medir la inteligencia: ¿Una causa perdida?

Tapa NewsweekA raíz de Historia de la inteligencia, Matías Loewy, senior editor de la edición argentina de Newsweek, me pidió un artículo referido a los 100 años del Cociente Intelectual (IQ). Entendí que debía resaltar los aspectos positivos de este concepto tan vapuleado (muchas veces con razón), y acepté el desafío. Acá va.

UN TEST POLÉMICO PERO VIGENTE

Reducir la complejidad de la inteligencia a un número suena insensanto. ¿Pero no es más insensato pretender que el “cociente intelectual” no indica sencillamente nada?

Publicado el 8/1/2014 en Newsweek Argentina

Por Marcelo Rodríguez

La inteligencia se ha mostrado siempre escurridiza a la hora de ser medida, y el IQ (cociente o coeficiente de inteligencia, según se prefiera) ha sido una de las pocas aristas por donde puede ser capturada. Entre fines del siglo XIX y especialmente a principios del XX el tema desató un repentino interés cuyo resultado más acabado (o más efectivo) fueron los reconocidos tests para calcular el IQ. Pero hoy su valor se ha relativizado tanto que muchos dudan incluso de que la cifra realmente signifique algo.

En esto tuvo mucho que ver el innegable hecho de que los tests de inteligencia tuvieron casi desde el comienzo un uso –dicho en nuestro lenguaje de hoy– discriminatorio. Era el momento en que la eugenesia (el tenebroso proyecto de “mejorar la humanidad”) gozaba de pleno prestigio en la intelligentsia política y científica de casi todo el mundo y (hay que decirlo) de todo color ideológico. Luego, el affaire de Cyril Burt amenazó con dar el tiro de gracia al IQ: los trabajos de este psicólogo británico, publicados entre 1943 y 1966 en prestigiosos medios como el British Journal of Educational Psychology, “demostraban” que la cifra en cuestión dependía “en un 77,1%” de los genes de cada individuo y por lo tanto era, en esa misma proporción, inmodificable: “Una jarra de una pinta no puede contener más de una pinta de leche”, rezaba Burt. Pero una investigación publicada en el Sunday Times en 1976, tras su muerte, denunció que sus pruebas habían sido fraguadas o nunca existieron.

La psicología evolutiva de Piaget, más atenta a los procesos y a la interacción con el medio, prácticamente se desentendió del problema de cómo medir. Y a partir de los ‘80, Howard Gardner y Peter Salovey dieron vuelta el panorama hablando de “inteligencias múltiples” y entronizando lo emocional que, decían, había sido dejado de lado en pos de lo meramente operativo.

Pero aún vapuleados y discutidos, los tests de IQ están lejos del baúl de los recuerdos: se los sigue usando en miles de gabinetes psicopedagógicos y exámenes psicotécnicos en todo el mundo. Prestigiosas instituciones, como la Universidad de Indiana en EE. UU., los ofrecen on-line con detallados tutoriales para reducir todo sesgo. Y es difícil asegurar que la obsesión y curiosidad que despierta conocer “ese” número haya mermado siquiera en algo desde hace un siglo, cuando el psicólogo alemán William Stern (1871-1938) lo definió en la Universidad de Breslau como la relación porcentual ?según observó, sorprendentemente estable a lo largo de la vida– entre la destreza intelectual que una persona muestra en el test (“edad mental”) y la destreza estadísticamente normal en las personas de su edad (edad cronológica).

Reducir la complejidad de la inteligencia a un número suena insensato. Pero, ¿sería riguroso decir que el IQ no indica sencillamente nada, o más aún, que el proyecto científico de medir la inteligencia es reduccionista per se? Y si no fuera así, ¿qué faltaría entonces al IQ para ser una medida confiable de inteligencia humana?

En realidad, la idea de que la inteligencia es un conjunto heterogéneo de aptitudes no es novedosa: estaba clara desde un principio. En aquellos intentos pioneros por evaluar funciones presumiblemente relacionadas con el intelecto las personas bajo prueba debían repetir secuencias de sílabas tal cual las oían, resolver problemas matemáticos, dibujar la figura correcta en una serie o responder preguntas capciosas sin “pisar el palito”, y toda la data obtenida pasaba a engrosar los registros de quienes la analizaban e interpretaban. La idea de que todas esas funciones diferentes responden a un factor común hereditario fue formulada recién en 1904 por el británico Charles Spermann, que llamó “factor g” (de genius) a esta hipotética cualidad. Spermann era discípulo de Sir Francis Galton, gran mentor de la “línea dura” según la cual el intelecto era herencia genética y poco o nada podían alterarlo la educación, la cultura u otras condiciones de vida.

Cruzando el Atlántico, la Universidad de Stanford fue el crisol donde la línea dura anglosajona soldó el “factor g” de Spermann con el concepto de IQ recién sacado del horno por Stern (la primera traducción al inglés de The Psychological methods for Intelligence Testing, donde formuló el concepto, comenzó a recorrer el mundo en 1914, hace exactamente un siglo), y salió a medirlo con una adaptación de las pruebas que el francés Alfred Binet (1857-1911) había diseñado en 1905 para identificar a los chicos con problemas de aprendizaje. Así, el test Stanford-Binet lanzado por Lewis Terman en 1916 desató el definitivo furor por el IQ. Por sus variantes y adaptaciones pasaron primero los soldados del Ejército, después los inmigrantes que llegaban en los barcos a hacer la América, la población escolar, los aspirantes a un empleo, en fin, todo el mundo.

Ni los personajes históricos se salvaron. Las cifras más conocidas y fiables del IQ de celebrities fallecidas décadas o siglos antes, de las que hoy para nuestro solaz se hace eco toda la Web, fueron calculadas por Catherine Cox en Stanford, la mismísima cuna de las pruebas masivas de IQ.

Con un método historiográfico diseñado por Galton, documentación biográfica comparada con casos actuales y una obsesiva disciplina, Cox publicó en 1926 los IQ de 301 luminarias de todos los tiempos: artistas, científicos, escritores y estadistas convivían allí con famosos superdotados como William James Sidis (1898-1944), que a los 18 meses leía el New York Times y a los 8 años hablaba 9 idiomas.

Todo tendía a confirmar la teoría innatista: esas cifras de IQ notablemente superiores a la media –habitualmente entre 85 y 115– explicaban la genialidad como un destino. Ahora (preguntamos hoy), si la inteligencia es la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas, de resolver problemas y afrontar desafíos airosamente, ¿qué garantías ofrecerían los elevados IQ de Leibniz (205), Newton (190) o Leonardo Da Vinci (180) de que sus genios brillasen de igual modo en la época actual, en un mundo que requiere habilidades tan diferentes y con el aparato cognitivo estructurado por tecnologías tan distintas? ¿O puede que acaso, mouse y teclado en mano y con acceso a Internet, el alabado genio sea hoy algo menos necesario en este mundo?

Por otro lado, hoy cualquier niño frente a una computadora despliega capacidades jamás imaginadas por Descartes (IQ=180) o Mozart (IQ=165). ¿Nos habilita eso a pensar que hoy cualquiera es más inteligente de lo que fueron ellos? ¿Es justificada la soberbia de aquel personaje de la obra Fausto –citada aquí como excusa para decir que su autor, Johann W. Goethe, detentaba según el ranking de Cox un descomunal IQ de 210– que se complacía de ver “cómo antes de nosotros pensara un hombre sabio, y cuán magníficamente lejos hemos llegado nosotros después”?

El propio IQ, y el fenómeno conocido como “efecto Flynn”, sugieren que sí. A principios de la década del ‘80 el politólogo neozelandés James Flynn empezó a recopilar y analizar archivos de varios países, y descubrió que el IQ aumentaba entre 5 y 15 puntos de generación en generación. Sobre todo si se medía con pruebas que priorizan la inteligencia visoespacial, como el test de Raven. Entre las hipotéticas causas los expertos enuncian el mayor acceso a la educación, la alimentación y el creciente manejo de información que caracteriza a los medios y la cultura actual. Otro metaestudio poblacional de IQ, publicado en 2009 por la psicóloga de la UCLA Patricia Greenfield, corroboró que esa tendencia al alza es mucho menos definida en la inteligencia verbal. Y el profesor Heiner Rindermann, de la Universidad Técnica de Chemnitz, asegura que en países como Holanda, Noruega o Dinamarca el “efecto Flynn” se ha detenido, pero continúa en países con menor desarrollo tecnológico: la modernidad trae consigo un salto intelectual, un salto selectivo y con un techo.

Así, Rodrigo de la Jara (autor del blog IQ Comparison Site) propone, por ejemplo, corregir el IQ de los próceres: si Cox los calculó comparando los logros de éstos con los de personas vivas sobre la base del test Stanford-Binet de 1916, habría que correr el estándar de la inteligencia “normal” tantos puntos como indique el efecto Flynn. De manera que si en 1986 el IQ promedio de la población se incrementó 22 puntos respecto de 1916, Goethe en 1986 ya no tendrá 110 puntos más de IQ que el común de los mortales, sino “apenas” 88 (IQ=210-22=188). Ya se ve: el IQ indica, pero no explica.

Las mediciones de IQ también pudieron revelar la importancia de una adecuada alimentación en el embarazo y los primeros años de vida para el desarrollo del cerebro, sin la cual las potencialidades quedan seriamente comprometidas. Así, el IQ ayudó justamente a derribar las teorías racistas y el determinismo genético.

¿Es el IQ una medida de las propias capacidades, o de la habilidad para desarrollarlas? Las pruebas de inteligencia al menos aportan algún dato más objetivo que la empatía desde la cual alguien brillante sería quien piensa como uno. Si se renunciara a otorgar a ese dato la trascendencia de una verdad absoluta e inmodificable, si se restara a la inteligencia ese valor de fetiche predictor ex post facto del éxito social, si se explicitara honestamente la intención (¿medir para qué?), entonces los fans del IQ podrían brindar por un siglo más de tests de inteligencia, tal vez no con un licor engañosamente dulzón, sino con una copa de algo más digno de que estemos atentos a su complejidad.

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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