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Feb
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Una inteligencia a medida: el origen de los tests de CI

Test de iqLa inteligencia es un complejo conjunto de capacidades bastante difícil de definir, especialmente si no se lo hace en relación con un contexto y actividades determinadas. Así y todo, es algo que nadie desearía no tener, pero pocos se quejan de no tenerla. La historia del Cociente Intelectual (CI) fue tal vez el proyecto más ambicioso de una elite social por “apropiarse” de la inteligencia.

 

“Debemos protestar y reaccionar contra ese brutal pesimismo”, sentenció el psicólogo y pedagogo francés Alfred Binet (1857-1911) en su trabajo póstumo Las ideas modernas sobre los niños. Binet había sido el creador del primer “test de inteligencia” en 1905, y el “brutal pesimismo” contra el que llamaba a protestar y reaccionar era el de quienes sostenían que la inteligencia de un individuo es una cantidad mensurable y  fija, una cualidad innata que no es posible modificar.

Alfred Binet

Alfred Binet

Para ese entonces ya había comenzado a brillar la estrella de Cyril Burt (1883-1971), quien introdujo las primeras adaptaciones de tales pruebas de inteligencia en Gran Bretaña. Recomendado personalmente por Sir Francis Galton, padre de la psicología diferencial y del concepto de eugenesia para el “mejoramiento de la raza”, el joven Burt –con quien tenía un vínculo a través de su familia– se convirtió en el primer psicólogo de escuela en su país. Así pudo realizar algunas pruebas de inteligencia en alumnos de primaria en la ciudad de Oxford, y ya en 1909 tuvo la posibilidad de publicar en el British Journal of Psychology, bajo revisión de sus pares, sus primeros resultados: los hijos de catedráticos de Oxford obtenían mejor puntuación que los hijos de personas corrientes, lo cual demostraba, según el autor, que la inteligencia es un bien hereditario.

El carácter de sus expresiones de entonces y sus comentarios al pie sobre las personas de condición social inferior –a la que a su entender habría que impedir que se reprodujeran– hoy no resisten en menor análisis ni tienen atenuantes, pero a principios del siglo de las guerras mundiales gozaba de consenso en las clases hegemónicas europeas.

Lewis Terman

Lewis Terman

En el Nuevo Mundo, crisol de razas, las cosas no irían mucho mejor con el test de Binet. Lo adaptó e introdujo en Estados Unidos el psicólogo Lewis Terman, quien aseguró que los hispano-indios y los negros contaban con bajos niveles de inteligencia y predijo que en el futuro se halarían aún más “diferencias raciales enormemente significativas” que no podrían ser suprimidas “mediante ningún esquema de cultura mental”. Fue en este país donde los tests de inteligencia comenzaron a usarse masivamente, en poblaciones escolares o a los inmigrantes que llegaban para “hacer la América” en tiempos de la Primera Guerra Mundial.

La herramienta ambivalente

Pero la idea originaria de Binet había sido otra. Lo que había hecho fue agrupar conjuntos de problemas y operaciones que los niños eran capaces de resolver normalmente en los diferentes grados de una escuela, y diseñó en base a eso una sistematización de habilidades operativas típicas de cada edad –y esto lo aclaraba el propio Binet– en un contexto social y escolar determinado. Las pruebas que surgieran de esto servirían, según su autor, para que los docentes pudieran identificar a los chicos con dificultades de aprendizaje (los que apenas lograban resolver los problemas típicos para una edad dos años menor) y aplicar estrategias de enseñanza diferenciadas para ayudarlos a mejorar.

Para que pudieran aportar información válida, las tareas en que consistía la prueba deberían ser reformuladas en función del contexto en el que se iban a aplicar. De lo contrario, resulta obvio –al menos hoy– que lo que se hace es tomar las capacidades más comunes en los chicos de un contexto social y cultural determinado como normalidad “absoluta”, y “medir” las capacidades de los demás no en función del lugar donde tendrán que valerse de ellas, sino en función de esa suerte de normalidad abstracta.

También existía el riesgo  de un error más grosero, aunque hay que admitir que es humano: el de comparar las capacidades del sujeto bajo estudio con las de quienes diseñaron las pruebas. Pero los que por esa época más se interesaron por este tipo de test parecieron obviar esta clase de sutilezas metodológicas.

La posibilidad de medir la inteligencia pareció llenar de satisfacción a buena parte de la intelectualidad en las grandes potencias neocoloniales de ese momento, que vieron en ella una poderosa herramienta para darle una justificación pretendidamente científica a su dominación sobre otros pueblos (en el exterior) y sobre otras clases (en sus propios países), y para convencerse y convencer de que la superioridad militar, política y económica no era más que una consecuencia de una superioridad evolutiva en términos biológicos.

Sir Francis Galton, primo de Charles Darwin y padre de la eugenesia intelectual

Sir Francis Galton, primo de Charles Darwin y padre de la eugenesia intelectual

Los niveles operacionales propios de cada grado escolar fueron llamados “edades mentales”. Dividiendo la “edad mental” de cada individuo por su edad real o cronológica para hallar la proporción entre ellas, y multiplicando el resultado por 100, se definió al “Cociente Intelectual” –IQ, según sus siglas en inglés, o CI–, termino acuñado por el alemán William Stern en 1912, donde un CI de 100 representa una “inteligencia normal”.

Con juguete nuevo

Otro de los más entusiastas promotores de los tests de CI, Henry Goddard, expresó en una conferencia en la Universidad de Princeton en 1919 que el carácter fijo de los niveles mentales –representado, a su entender, por el CI obtenido en base a las traducciones y adaptaciones de los tests de Binet– el motivo por el cual algunas personas eran ricas y otras pobres. A su criterio, no se podía pretender una sociedad igualitaria o con las riquezas mejor distribuidas ante tan amplia escala de capacidad mental como la que revelaban las pruebas de CI masivamente aplicadas. Estaban convencidos de que el éxito les corría por las venas y se heredaba biológicamente de generación en generación.

De modo que lo que había sido concebido como una ayuda –con todo lo relativa que esta pudiera ser en el marco de la pedagogía de ese momento– pasó a ser un factor de marginación y estigmatización de alumnos de las clases obreras o de las minorías étnicas hacia vías educativas muertas. O, en su adaptación para adultos, para determinar “científicamente” que los inmigrantes “nórdicos” eran más inteligentes que los que llegaban de Europa oriental o de los países del Mediterráneo, y reformular las leyes migratorias en función de ese concepto.

Los autores Lewontin, Rose y Kamin cuentan en su obra Not in our genes –una formidable crítica a las teorías “innatistas” de las capacidades humanas publicada en 1984, como respuesta ante la fuerza que había tomado por entonces la sociobiología en gran parte de la comunidad científica– que el test Army Beta, diseñado por la Armada estadounidense para efectuar una medición “no verbal” de la “inteligencia innata” de los inmigrantes que no entendían el inglés, pedía que la persona identificase el elemento faltante en una serie de dibujos. Uno de estos era una cancha de tenis donde faltaba la red. ¿Cuántas personas en el mundo podían conocer el tenis en 1920, antes de la TV, con la posibilidad de reproducir imágenes masivamente aún en pañales?

Y así, el test Army Alpha, aplicado a inmigrantes polacos, italianos y judíos, pedía a los sujetos que identificasen las armas Smith & Wesson, o que diesen los apodos de los equipos de béisbol. Pero a estos psicólogos obsesionados por medir la inteligencia –o lo que ellos llamaban así– nada les hacía evidente que estas pruebas sólo podían ser eficaces en quienes ya estuviesen familiarizados con ellas a través de la escuela u otras actividades, y que difícilmente sirvieran para medir algún tipo de “capacidad fija e innata”.

El “mediático” Burt

Cyril Burt

Cyril Burt

Cyril Burt tuvo una larga y prolífica vida dedicada a demostrar sus teorías sobre el CI. A partir de 1943 comenzó a publicar en prestigiosas revistas científicas varios trabajos en los que rendía cuenta de sus investigaciones en torno a dos de los pilares fundamentales para corroborar el carácter fijo, innato y genéticamente heredable del CI: los estudios empíricos que indagan su correlación entre miembros de una misma familia con diferentes grados de consanguinidad, y los estudios con parejas de gemelos –hermanos que comparten la misma carga genética– separados al nacer.

Los resultados de los estudios publicados por Burt en 1955 ya daban su primer veredicto: el CI, según estos, era 77% genético y sólo en 28% podía responder a otros factores. Sobre 21 parejas de gemelos separados al nacer, en una escala en la que “1” significaría una correlación exacta de CI entre unos y otros y “0” indicaría que no hay correlación, el valor registrado fue de 0,771.  Esa cifra se mantenía constante tres años después, sobre más de 30 parejas. Y exactamente de 0,771 era también la correlación en 1966, con 53 parejas estudiadas.

Burt, que consideraba a la capacidad intelectual innata la capacidad intelectual como si fuera la capacidad de un recipiente –“Una jarra de una pinta no puede contener más de una pinta de leche”, explicó en 1847– también informaba que las correlaciones de CI entre personas con diferente grado de parentesco, medidas a lo largo de varios años de trabajo, también arrojaban índices constantes y elevados.

En 1976, después de su fallecimiento, Oliver Gillie, periodista del Sunday Times, publicó en primera plana un artículo en el que detallaba varias irregularidades en los trabajos de sir Cyril Burt. La falta de documentación sobre muchos de sus estudios hacía dudar de que hubieran sido reales; no se sabía qué tipo de test de CI se había aplicado a los sujetos bajo estudio; dos de sus colaboradoras (que supuestamente habían realizado ellas mismas las pruebas de CI a las parejas de gemelos) habían supuestamente emigrado a Australia antes de la fecha de los estudios.

En los primeros “resultados” de Burt sobre correlación entre parientes, publicados en el British Journal of Educational Psychology en 1943, el autor decía que “algunas investigaciones han sido publicadas en el London Country Council o en otras partes, pero la mayoría permanecen enterradas en memorándums escritos a máquina o en tesis de licenciatura”. Los defensores de Burt hablaron de “descuido”, no de fraude.

El ingenio popular no descansa

Richard Lewontin

Richard Lewontin

Lewontin, Rose y Kamin relataron este episodio sugiriendo que el hecho de que semejantes detalles en la obra de Burt hubieran pasado inadvertidos con tanta facilidad los filtros de la revisión por pares sólo puede explicarse en el marco de un proyecto ideológico con mucho predicamento en las estructuras de poder político y científico de su época.

Diversas pruebas psicométricas para evaluar la capacidad intelectual se realizan hoy en las escuelas, en entrevistas de admisión laboral y, como se puede comprobar por Internet, también por simple entretenimiento. Hay varios modelos y estándares sobre qué es lo que se mide en ellas y para qué, pero en todo caso hay un gran consenso en que la “inteligencia” –en caso de que fuera posible hallar una única definición científica– es un conjunto complejo de capacidades que no están delimitadas por el código genético. Y más allá de lo que pueda definir el resultado de cualquier test –de valor siempre relativo–, la acción decisiva de la crianza, la cultura, la alimentación en los primeros años de vida, el nivel educativo, las condiciones de vida y los factores emocionales y psicológicos sobre lo que llamamos “inteligencia” está sobradamente demostrado.

 

(M.R. – Publicado en Futuro de Página/12 el 9 de junio de 2012)

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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