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Mar
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La ética ante las nuevas formas de reproducción

Donación de gametos, congelamiento de embriones humanos, maternidad subrogada: los especialistas locales en reproducción asistida cuentan cuáles serían, desde su punto de vista, los límites éticos actuales en un territorio habilitado por la tecnología en el que aún no existe legislación.

Los códigos legales son normalmente compendios acerca de lo que la sociedad considera que no se debe hacer, acordados y redactados –siempre según el contexto social, ideológico y político de cada época– en base a lo que la gente hace o de lo que en la sociedad ya sucede. Sin embargo, en lo que refiere a la investigación en genética humana y a las tecnologías de reproducción asistida, parece tener amplio consenso la idea de que es preciso legislar –de manera atípica, pero necesaria y oportuna– acerca de posibilidades que no han sucedido. Poner límites a lo posible.

En muchos países del mundo, la donación de gametos, el congelamiento de embriones humanos, el uso del diagnóstico genético preimplantatorio (PGD) que permite seleccionar embriones antes de ser implantados en el útero, la elección del sexo del bebé, la subrogación de vientres, ya cuentan con legislaciones –algunas más permisivas, otras menos– que los regulan, lo cual no sucede aún en la mayoría de los países de América Latina, incluida la Argentina. Pero seguramente es sólo cuestión de tiempo.

“El hecho de que no haya legislación sobre los temas que nos ocupan no significa que no haya ciertos lineamientos éticos que los especialistas consideramos”, puntualiza el doctor Sergio Papier, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMER). De hecho, junto con la Red Latinoamericana de Reproducción Asistida (Red LARA), la entidad que agrupa a los profesionales de la salud reproductiva ha redactado un proyecto de código de ética, que puso a consideración en un encuentro internacional realizado en los primeros días de noviembre en Buenos Aires.

 

Embriones humanos

“En principio –puntualizó Papier– no aceptamos la experimentación con embriones humanos”. Esto implicaría, aclara, la no creación de embriones con un fin que no se reproductivo.

“Creemos que el embrión no es una persona pero tampoco es una cosa, y que merece un derecho y un respeto como embrión, y desde ese estatus particular deberían surgir las leyes correspondientes –aclaró–. Nadie está de acuerdo con la destrucción de embriones; nadie congelaría tampoco a una persona, pero sí se congela a los embriones”.

El doctor Gabriel Fiszbajn, presidente de la Red LARA, agrega por su parte que “sólo un pequeño porcentaje de los embriones llega naturalmente a convertirse en una persona o en un bebé que nace”. Es una discusión muy difícil de saldar sólo desde el punto de vista biológico, según ambos colegas coinciden.

En la actualidad, lo experimentación con células embrionarias humanas se realiza en el mundo en casos muy contados. Principalmente, en el terreno de la terapia oftalmológica, donde se está estudiando –en etapa bastante avanzada– el uso de células progenitoras para regenerar el tejido de la retina, lo cual permitiría recuperar la vista a personas ciegas. Pero la compañía que realiza estos estudios –autorizados en noviembre pasado por EMA, la autoridad sanitaria europea– tiene patentado un método que permite extraer blastocitos (células embrionarias pluripotenciales) sin dañar el embrión de donde se las extrae.

 

Almacenamiento de embriones

Realizar nuevos tratamientos a una pareja que ya posee embriones criopreservados producto de tratamientos anteriores también estaría fuera de lo que estos especialistas consideran ético.

Mientras tanto, ¿qué hacer con los embriones que ya existen en los centros de fertilización asistida? “Para eso estamos proponiendo la donación de embriones, algo que en la Argentina está de alguna manera limitado por una medida cautelar, y las reglas éticas para desarrollarlo”, dijo Papier.

“Hoy en la mayoría de los centros [de reproducción asistida] no se está realizando donación de embriones, los cuales en la mayoría de los centros están quedando criopreservados hasta que salga una ley –señala Fiszbajn– que, por lo que es la idiosincrasia de nuestro pueblo, suponemos que va a decir que aquellos embriones que no han sido reclamados por sus progenitores, sean donados, o dados en adopción prenatal. No hay ni siquiera una palabra específica para designar eso”.

Fiszbajn comenta que aunque prácticamente no existen mujeres a las que se les implanten embriones concebidos a partir de gametos de otras parejas, sí es usual que se realicen tratamientos en los que la fecundación in vitro donde ni el óvulo ni  el espermatozoide proceden biológicamente de la pareja tratada. La diferencia a nivel petico no parece tan clara.

 

Derecho a la identidad genética

El derecho a conocer la verdadera identidad genética de los niños concebidos con ayuda de un tratamiento de donación de gametos, por ejemplo, tampoco está regulado todavía.

En el caso de la subrogación uterina –“alquiler de vientre”– las implicaciones pueden ser aún mayores, porque al ser discutible desde el punto de vista del sentido común quién es la verdadera madre del niño –de hecho, legalmente se considera madre a la mujer que gesta y pare al bebé, lo cual representaría una “traba legal” de hecho para la subrogación materna–, puede ocurrir que, si se permitiera este tipo de prácticas, la madre subrogante al cabo de los años se arrepienta de haber dado su vientre y decida reclamar su maternidad.

“Desde el punto de vista legal la subrogación es actualmente muy riesgosa, pero desde el punto de vista ético hay que trabajar mucho sobre esos casos, se requiere una gran preparación –señala Papier–. Claramente es la práctica más controvertida y más riesgosa de la especialidad”.

 

La sociedad decide

El consenso entre los especialistas apuntaría también, según Papier y Fiszbajn, a no realizar tratamientos de fertilización asistida a mujeres mayores de 50 años. Este límite, reconoce Papier, es de alguna manera arbitrario, pero estaría motivado por la diferencia de edades que se establecería entre la madre y los hijos.

A falta de una legislación específica, un código ético puede servir a los profesionales para ayudarlos ante situaciones difíciles de resolver, “y a los legisladores, para que más allá de crear una ley de cobertura [para los tratamientos de infertilidad], puedan reglamentarla correctamente”.

Los representantes de SAMER  y de la Red LARA insisten en que su línea no busca imponer una ética, sino avanzar progresivamente a través de puntos intermedios entre “lo más avanzado” y os valores imperantes en la sociedad, que tienen una lógica y un peso diferentes a los del progreso tecnocientífico: “Más allá de lo que nosotros consideremos ético, es necesario aceptar la idiosincrasia de cada país. Se trata de cambios muy fuertes en sociedades que tal vez no estén preparadas. Buscamos un punto intermedio entre lo que se viene y lo que de alguna manera somos. Creemos que hay que adatar códigos de ética más avanzados, donde las discusiones se han dado a un nivel más amplio y abierto, a la idiosincrasia de nuestro paíS.
(M.R. – Publicado en Suplemento Salud – Red Diarios del Interior en diciembre de 2011)

 

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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