02
Mar
12

El malestar en las moléculas

¿Cuáles son los mecanismos de inscripción de los estados anímicos en el cuerpo, a nivel de las células? ¿Existen relaciones comprobadas entre el estrés y enfermedades como el cáncer? El descubrimiento de nuevos mecanismos de interacción entre cuerpo y mente, ¿habilita a pensar, como antiguamente, en las secuelas físicas de “enfermedades del alma”?

Página/12

 

La idea de que “estar mal” anímicamente –en términos bien generales y de sentido común, es decir, inespecíficos y quizá imprecisos– abre la puerta a males mayores acosa a los seres humanos desde que existió la posibilidad de preguntarse por el origen de las enfermedades.
Todas las concepciones del mundo compitieron y compiten por dar una respuesta. Hace dieciocho siglos, Claudio Galeno, el gran padre de la medicina en la era romana (130-200), tuvo su propia teoría. Si bien los médicos grecorromanos de entonces habían heredado la filosofía hipocrática que los llevaba a buscar para los fenómenos del cuerpo explicaciones y tratamientos basados en su concepción de lo natural –la Physis de los griegos, donde no por casualidad resuenan el término físico y el physician utilizado en inglés para designar al médico–, el divorcio entre Occidente y Oriente todavía no era total. El concepto de energía vital seguía plenamente vigente, aunque a ojos de hoy se adivine que cada vez encajaba menos dentro de lo que empezaba a perfilarse como una concepción científica del mundo. La energía vital no era para ellos una energía física en el sentido en que hoy la conocemos, un producto del metabolismo y los procesos vitales de intercambio entre el organismo y su ambiente, sino algo diferente, una especie de esencia que circula por el cosmos habitando la materia viva y diferenciándola de las sustancias inertes.
El caso es que para Galeno, el exceso de energía vital en el cuerpo, al que denominó plétora, se manifestaba en la acumulación anormal de fluidos en alguna parte, y era considerada la causa de muchas enfermedades. Las infecciones, inflamaciones y tumores eran atribuidas a la plétora localizada en algún órgano u otra parte del cuerpo. Esta concepción sirvió de sustento teórico durante siglos, por ejemplo, para la realización de sangrías (una purga “terapéutica” de sangre, que hoy ningún médico indicaría), o para considerar a muchas enfermedades graves o crónicas como “enfermedades del alma”, ya que la “energía vital” estancada, que se acumulaba sin poder ser canalizada, representaba un serio desequilibrio entre la vida del alma y la del cuerpo.
Las enfermedades oncológicas –se podría decir el cáncer, pero las evidencias parecen tender cada vez más a demostrar que la naturaleza y la etiología de los tumores malignos de diversos tipos es tan variada que resulta muy difícil señalar al cáncer como una única enfermedad– contaron desde siempre con ese sello o estigma dentro del sentido común. “Del agua estancada, espera veneno”, escribía el poeta inglés William Blake (1757-1827). La investigación médico científica nunca logró cuantificar de manera fehaciente la relación entre el cáncer y determinados estados emocionales que pudieran funcionar como causa o como factor interviniente en el curso del tratamiento oncológico de un paciente; pero casi todos los que tratan este tipo de dolencias admiten la importancia del estado anímico en la evolución del estado de salud.
Las dificultades para comprobar la relación eficaz de acuerdo con los estándares de la investigación clínica actual se hacen evidentes. Sería sumamente difícil, por ejemplo, registrar variables como el estado de depresión de los pacientes que participan en el ensayo clínico de una terapia oncológica. Y aún cuando en la práctica fuera factible, ¿cuál sería la utilidad o la validez de hacerlo? ¿Cómo registrar, en un estudio multicéntrico con miles de pacientes, qué relación existe entre la evolución de la enfermedad cada uno y su estado anímico, los acontecimientos de la vida personal que pudieron haber impactado decisivamente en el éxito o el fracaso de la terapia, cuánto apoyo tuvo el paciente por parte de su familia, sus amigos, parejas y seres queridos? ¿Cómo cuantificar los posibles vaivenes de su vida afectiva durante el curso de su padecimiento, su angustia, cuánto luchó para no ser doblegado por el dolor físico, la evolución de sus ganas de vivir?
En un reciente encuentro de médicos, un oncólogo especialista en cáncer de mama respondía a esa pregunta con otro interrogante: “Y si se comprobara positivamente que existe una relación entre un bajón anímico y la evolución del tratamiento, ¿qué deberíamos hacer? ¿Dar una terapia más agresiva si la paciente se acaba de separar, o si tuvo un gran disgusto?”
El nivel molecular
Yendo del macronivel de la salud pública al micronivel de la investigación en laboratorio, las respuestas vienen de la mano del conocimiento cada vez más pormenorizado que se tiene de los mecanismos de acción del sistema inmunológico. Especialmente desde que se logró revisar el concepto de “barrera genética” que existía desde el siglo XIX, es decir: la convicción de que, salvo por la agresión de elementos externos como la radiactividad, el material hereditario atesorado en el núcleo de las células vivas no es alterado ni modificado por los procesos bioquímicos que permanentemente tienen lugar en el citoplasma, más allá del núcleo celular.
Hoy se sabe que, si bien no es algo tan sencillo como un franco  “proceso de ida y vuelta” entre los genes y el ambiente, existe algún grado de interacción. Y que las hormonas y los neurotransmisores –que son en definitiva, entre muchas otras cosas, la expresión de los estados de ánimo a nivel de la química corporal, tienen algún grado de influencia en la expresión de los genes.
Un reciente trabajo de investigación realizado en la Universidad de Duke, con la colaboración del Scripps Research Institute, busca una explicación sobre cómo el estrés –entendido como la liberación sostenida de catecolaminas en el organismo– puede alterar el ADN.
Las catecolaminas –adrenalina, noradrenalina, dopamina– son hormonas que cumplen la función de neurotransmisores, es decir: contribuyen al transporte del flujo nervioso. Son el tipo de sustancias vasoconstrictoras que prolifera en el torrente sanguíneo típicamente ante situaciones de riesgo, peligro o exigencia, y predisponen al cuerpo a sobrellevar esa disyuntiva vital que en biología se dio en llamar “fight or flight” (“pelear o salir volando”). El pulso y la respiración se aceleran, y se elevan los niveles de glucosa que ponen a disposición del organismo dosis de energía capaces de ser consumidas muy rápidamente.
En un cuadro de estrés crónico, justamente, este estado de alerta se mantiene indefinidamente, aún cuando las circunstancias reales que podrían motivarlo ya no están presentes.
De acuerdo con lo que asegura el estudio publicado por los investigadores estadounidenses Makoto Hara, David Kovacs, Derek Duckett y otros en la edición de agosto pasado de Nature, el efecto de la exposición sostenida a altos niveles de estas hormonas del estrés no solamente representa de por sí una riesgosa exigencia para el aparato circulatorio o puede predisponer a úlceras pépticas –como siempre se había pensado, hasta que en la década de 1980 se le echara toda la culpa de estas últimas a la bacteria Helicobacter pylori– sino que además deprime el sistema inmunológico y puede operar algún tipo de daño a nivel del genoma. El título del trabajo lo resume: Una vía de respuesta al estrés regula el daño en el ADN a través de adrenorreceptores beta 2 y beta-arrestina 1.
Estas alteraciones del ADN podrían estar relacionadas con el envejecimiento prematuro, con la incidencia de cáncer, con determinadas afecciones neuropsiquiátricas y con abortos espontáneos en mujeres embarazadas.
Al parecer, la presencia sostenida de adrenalina y noradrenalina estimula a los adrenorreceptores beta, que se encuentran presentes en las células de casi todo el organismo, incluidos los gametos (óvulos y espermatozoides) y las células embrionarias.
En el cromosoma 17 del ADN, dentro del núcleo de la célula, existe una proteína denominada p53, a la que se conoce como “guardiana del genoma”. La p53 desencadena los mecanismos de apoptosis o muerte celular cuando el ADN sufre una mutación; “suicida” a las células cuando están empiezan a reproducirse bajo un patrón anómalo, lo cual funciona como un mecanismo de defensa del organismo cuando se empieza a desarrollar, por ejemplo, un tumor.
Lo que el estudio de Duke demostró en concreto fue que la estimulación de los adrenorreceptores beta genera un canal de señalización a través de la proteína beta-arrestina-1 que inhibe esta acción “policíaca” de la p53 en el genoma.
Sin embargo, los investigadores advirtieron que este mecanismo sería apenas uno de los posibles desencadenantes de alteraciones capaces de producir enfermedades crónicas. De hecho, uno de los líderes del estudio, el profesor de medicina de Duke Robert Lefkowitz, enmarcó su trabajo como un paso previo a demostrar –epidemiológicamente y mediante la vía clínica– que el tratamiento con determinados betabloquenates (drogas bloqueantes de los canales beta, masivamente usadas hoy en el tratamiento de afecciones cardiovasculares y de la hipertensión arterial) podría reducir adicionalmente el riesgo de cáncer, por ejemplo.
La exposición de genes
Existen otras proteínas dentro del núcleo celular que no forman parte del genoma, pero que cumplen un papel fundamental en la expresión genética.

Las histonas –tal es su nombre– también son afectadas de modo indirecto por el baño de neurotransmisores que permanentemente acosa a las células.
Las histonas regulan la expresión de ciertos genes como parte de los procesos vitales. Un ejemplo se da durante la adolescencia, cuando el organismo entero experimenta el embate de las hormonas sexuales: las histonas reciben estos cambios como una señal y ponen al ADN en una configuración particular, “a punto” para que las células se reproduzcan en plan de generar los cambios propios del tránsito a la adultez.
Las histonas no modifican el código genético: son como “señaladores” que tornan a algunas partes del ADN más activas y silencian otras. Seleccionan las expresiones genéticas en un determinado momento de la historia de un individuo, pudiendo hacer que ciertas particularidades del código de ese individuo –la predisposición a una determinada enfermedad, por ejemplo– se expresen o permanezcan latentes.
Esto abre espacio a la hipótesis de que los períodos de mayor actividad hormonal, ya sea que esta se deba a un proceso natural como el crecimiento en la niñez, la adolescencia o la menopausia, o a factores como una crisis depresiva, con su correlato neuroquímico, sean los de mayor probabilidad de que se desencadenen las predisposiciones genéticas a enfermedades crónicas.
Estos cambios epigenéticos son hoy la vedette sobre la que están puestos los ojos de buena parte de la comunidad científica en los países centrales. Y es allí también donde están creciendo a nivel profano, no ya necesariamente dentro de la comunidad científica, expresiones de una tardía inspiración New Age asegurando que, mediante el autocontrol y una concepción más bien utilitaria de la alegría y el bienestar, es posible poner el cuerpo a salvo y hasta curarlo de las enfermedades más temidas.
Algunas dicen basar esta visión “positiva” en los adelantos de la epigenética y “los últimos descubrimientos de la ciencia”; y difícilmente puedan contraponerse razones científicas para explicar por qué la cosa no es tan simple. Las razones por las que la gente adopta una determinada creencia son, muchas veces, muy diferentes de aquellas por las que decidiría aferrarse a lo provisorio –y eficaz, en el mejor de los casos– de una verdad científica.

 

(M.R. – Publicada el 25 de febrero de 2012 en suplemento Futuro de Página/12)

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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