06
Jun
11

Riesgo volcánico

Erupción del volcán Puyehue, en la imagen publicada por el diario La Tercera de Santiago de Chile

Quiso la casualidad que este artículo informativo casi atemporal, escrito un mes antes de la erupción del Puyehue, saliese publiado el mismo día en que llovió ceniza volcánica sobre Bariloche y Villa La Angostura.

Miradas al Sur

Con unos 40 volcanes en actividad, la Argentina se encuentra al borde del gran “Cinturón de Fuego” del Pacífico, pero del peligro que esto supone se habla poco: ¿Hay riesgo de que generen una catástrofe volcánica? El Servicio Geológico Minero Argentino implementó un programa cuya idea es anticiparse a las consecuencias y generar acciones de prevención.

Aunque la lógica que determina lo que “es noticia” y lo que no lo es haga que sólo se hable de ellos ante la rara ocurrencia de una catástrofe, en la Argentina existen volcanes activos y representan un peligro permanente, porque es imposible predecir con suficiente exactitud cuándo ocurrirá una erupción.
Es importante aclarar que, para los vulcanólogos, “peligro” no significa lo mismo que “riesgo”. Un volcán –generalmente una montaña por donde la tierra expulsa naturalmente materiales incandescentes de su interior, que muchas veces afloran desde kilómetros de profundidad, en diferentes cantidades, con distintos grados de violencia y variada periodicidad y duración– es un sitio con todas las características para ser considerado “peligroso”, y obviamente no es aconsejable merodear un cráter que da señales de posible erupción. Sin embargo, son muchos los factores que se suman a esa eventualidad a la hora de evaluar el riesgo que un volcán representa para la vida humana y animal, para el ecosistema o para la economía.
Saber cuál es el riesgo concreto y tener un mapa que lo detalle para cada uno de los volcanes activos que hay en el país –y en la zona cordillerana de Chile, pero que también pueden afectar de este lado de los Andes– sería justamente uno de los objetivos que se proponen en el departamento de Geología Ambiental y Aplicada del Segemar (Servicio Geológico Minero Argentino) con el Programa de Evaluación del Riesgo Volcánico en la Argentina, que arrancó el año pasado y cuya primera etapa se extenderá hasta 2012.
La concreción de este proyecto, según explica el licenciado Omar Lapido, director del departamento, requiere aún de una importante compra de equipamiento del Exterior, que se vería facilitada (y abaratada) tras la aprobación del proyecto de investigación por parte del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), y un trabajo en diferentes etapas.
La idea es, entonces, que la peligrosidad natural de los volcanes no se traduzca necesariamente en un riesgo para la vida y la salud: “Esa peligrosidad –asegura Lapido– se puede mitigar con una serie de medidas, entre las cuales es necesario un alerta temprano, y también la concientización y las medidas de precaución en las áreas aledañas”.
Esas tareas de prevención se basan en el estudio y la observación geológica de cada volcán y la colocación de sismógrafos en las inmediaciones, ya que según el tipo de volcán, hay determinados temblores previos a una erupción. Y también en la comunicación del riesgo y el trabajo comunitario con la población que pudiera resultar afectada por el fenómeno, ya que por supuesto no puede esperar síntomas de una posible erupción para recién comenzar.

No hay dos volcanes iguales. El vulcanismo es un fenómeno tan complejo y variopinto que existen muchas clasificaciones. Lapido habla, por ejemplo, de uno muy simple, con un código de colores (rojo, amarillo y verde), donde “verde” implica la posibilidad de una erupción “en los próximos años”, “amarillo” significaría que ese plazo se reduce a “semanas a meses”, y “rojo”, en los volcanes con mucha actividad. Pero el riesgo no depende linealmente de la frecuencia, porque, como se verá, hay erupciones y erupciones.
Si el tema es la frecuencia, simplemente se registran las erupciones y se mide; pero cuando el volcán permanece mucho tiempo sin erupción, la periodicidad debe deducirse sobre la base de otros signos cuyo lenguaje los vulcanólogos deben descifrar. Uno de esos signos es el brote aledaño de géiseres, fumarolas y solfataras, “chorros” de agua y gases liberados como fuentes del interior de la tierra por presión de diversos gases (el mismo vapor, u otros, como ácido sulfúrico) a través de fracturas en la roca. Otro es cierta actividad sísmica, imperceptible tal vez, pero medible con instrumentos específicos.
“En su tarea de investigación, el vulcanólogo también estudia los depósitos geológicos existentes en el suelo –constituido por lo general por capas (tefras) sedimentadas de los propios materiales arrojados por el vulcanismo–, y eso, sumado a los datos de registros históricos, va a permitir que sepamos qué grado de riesgo tendría una posible erupción”, explica el director del programa.
En la Argentina no es tan usual (como sí lo es en Chile, por ejemplo, y por eso los vulcanólogos locales trabajan en permanente contacto con los servicios de estudios geológicos del país vecino) que la actividad humana se vea afectada por las manifestaciones directas, como las coladas de lava o lluvias de ceniza ardiente, porque prácticamente no existen centros poblados a la vera de un volcán, fenómeno tan frecuente de encontrar, por ejemplo, en el sur de Italia. Allí, el volcán Stromboli representa un modelo de vulcanismo: muy vistoso y con alta periodicidad eruptiva, pero en realidad de baja explosividad.
La llamada “lluvia ácida” es un fenómeno que puede afectar más que nada, a la vegetación y las cosechas: ocurre cuando el agua de lluvia viene contaminada por ácidos que quedan suspendidos en el aire después de una erupción. Los lagos también pueden aumentar su acidez y perder sus especies de peces. Pero las cenizas volcánicas, especialmente cuando alcanzan mayor altura y dispersión, pueden afectar la salud humana a miles de kilómetros de distancia con problemas respiratorios o dificultades en la visibilidad para el tráfico aéreo.

El ranking de los volcanes.Elaborar un “registro rápido” de la peligrosidad de los diferentes volcanes en actividad –que incluye los 38 volcanes donde hay registro histórico de una erupción reciente o bien una evidencia geológica que indique que ha habido una hace Ü Ü no más de 10 mil años– fue una de las primeras tareas del equipo de trabajo, que ya cuenta con resultados preliminares.
De acuerdo con la metodología para evaluar la peligrosidad mediante índices establecida por el Servicio Geológico Estadounidense (USGS), se estableció un ranking de peligrosidad “mínima” de estos volcanes, que irá ajustándose en exactitud a medida que se sepa más sobre ellos.
En este ranking, se lleva la palma el complejo volcánico Planchón-Peteroa, ubicado en Mendoza, al sur de Las Leñas, con un índice de peligrosidad de 14. Junto con el Copahue (Neuquén, índice 13), se presentan como los más peligrosos de la Argentina, aunque lo cierto –y éste es un punto a incorporar en el Programa del Segemar– es que hay volcanes en territorio chileno que pueden afectar tanto o más que ellos a la Argentina, tal como lo demostraron los dos últimos mayores eventos de nuestra historia volcánica: las columnas de cenizas provenientes de las erupciones del Chaitén (2008) y la del Hudson (1991), comparable a la del monte Santa Elena, en California (1980), y una de las mayores del siglo XX.
En ambos casos, las explosiones resultaron tan potentes que la columna de piroclastos (“piedras de fuego”, como se llama genéricamente a todo material sólido que expulsa un volcán, incluso cenizas) alcanzó la estratosfera. Y a ese nivel, la dispersión geográfica se multiplica: las cenizas del Chaitén afectaron a la atmósfera en Buenos Aires; las del Hudson llegaron hasta Australia.
Pero volviendo al ranking, siguen en la lista los volcanes Maipo, Tupungato, San José y Ojos del Salado, todos en Mendoza menos el último, y todos ellos con índices de peligrosidad entre 8 y 9. De todos ellos existen registros históricos de erupciones. El Lanín, por ejemplo, junto a San Martín de los Andes, también tendría un índice de peligrosidad de 8, y nadie lo ha visto jamás en erupción, aunque las muestras geológicas evidencian que tuvo que haber alguna hace menos de 10 mil años, dato que, al decir de los geólogos, basta para considerarlo un volcán activo: “Puede entrar en erupción o colapsar, y por eso hay que monitorearlo”.

¿Cómo prevenir? Puede parecer curioso que un dato de lo que sucedió hace diez mil años pueda tener valor para determinar la peligrosidad actual de un volcán, pero así es: “Ciertos suelos se desarrollan específicamente sobre cenizas volcánicas –explica la doctora en Geología Daniela Villegas, encargada del análisis de suelos en este programa del Segemar–. Eso nos permite hallar la edad del volcán, y cuándo y cómo fueron esas erupciones”. “Algunas de esas capas están compuestas de cenizas finas, y otras, de cenizas de mayor tamaño, y eso nos va a hacer suponer una diferente peligrosidad –señaló por su parte la licenciada Manuela Elissondo, geóloga que tuvo a cargo una reciente visita al complejo Planchón-Peteroa–. En general, los volcanes dan señales precursoras, a través de movimientos sísmicos, de cambios en la emisión de gases, en la temperatura, o modificaciones en la superficie del volcán.
Para que sea posible la prevención de los riesgos, las autoridades del municipio, Defensa Civil, Gendarmería y Parques Nacionales y, en última instancia, la población en general, deben recibir toda la información útil surgida del monitoreo de volcanes vecinos. “Muchas universidades hacen estudios de algunos volcanes en particular, sobre todo desde las universidades, pero no se ha desarrollado una sistemática tarea de alerta y entrenamiento de la población vecina”, aclara Lapido.
Según Lapido, “los docentes que hoy trabajan en las escuelas con estos temas lo hacen simplemente por vocación, pero deberíamos lograr que esto esté sistematizado”. Ante la falta de información sobre qué hacer en caso de erupción, la reacción común sería una huida despavorida general que colapsaría puentes y caminos. Las medidas de seguridad, que pueden ir desde la evacuación completa, la interrupción del tránsito o el uso de barbijos, deberían estar prefijadas para cada caso, y son diferentes según el tipo de riesgo volcánico propio del lugar.
Otra faceta del trabajo es la elaboración del mapa de cada zona volcánica, donde figuren los centros poblados y la actividad económica vecina (la ganadería trashumante en el Peteroa, la localidad turística geotermal de Caviagüe, cerca del Copahue). La erupción del Hudson hace dos décadas causó en la Patagonia una enorme mortandad de ovejas, por pastar en campos envenenados por la ceniza. La evaluación de la influencia económica del vulcanismo o la averiguación del lucro cesante son aspiraciones importantes de este proyecto, a largo plazo.
“Todos los volcanes tienen un grado de peligrosidad, aunque sea pequeño –resume Elissondo–. En el caso del Peteroa, que según nuestra evaluación es el más peligroso de los que se encuentran en territorio del país, está muy alejado y la población más cercana está a sesenta kilómetros, con lo cual a pesar de su peligro, no sería tan riesgoso. En la mayoría de los casos las poblaciones tienen cierta distancia, a diferencia de Chile, Japón o Italia, que tienen muchas poblaciones asentadas en las laderas de los volcanes. Y esa es una ventaja en cuanto al grado de riesgo que presentan nuestros volcanes”. Pero el trabajo que queda por delante es largo y necesario.

• 40 nacionales: El “Cinturón de Fuego del Pacífico”
AAsí es como se llama a una extensísima línea de fallas geológicas que se localiza bordeando casi todo el océano Pacífico, y donde se encuentra la mayoría de los volcanes en actividad que existen en el planeta. Partiendo de sur a norte, esta línea atraviesa Nueva Zelanda, Indonesia, Filipinas, Japón, gira en las islas Aleutianas hacia Alaska y vuelve al Sur por la columna vertebral del Continente Americano.
El borde sudeste de este “Cinturón de Fuego” es la zona de subducción de la costa chilena. Allí, la placa submarina se desplaza sin prisa y sin pausa hacia el oeste introduciéndose por deslizamiento debajo del continente. La persistencia de este movimiento es la que hace que, en términos geológicos –cuyos plazos se miden en miles y hasta en millones de años–, la Cordillera de los Andes esté aún “en formación”, y se expresa una intensa actividad sísmica (por el roce entre las inmensas placas) y volcánica, por la presión y la liberación de magma a través de las fracturas del suelo.
Este es el origen de los casi 40 volcanes activos ubicados en territorio argentino (muchos de ellos compartidos con Chile), distribuidos básicamente en tres áreas: una que va desde el sudoeste de Jujuy hasta el norte de La Rioja; una segunda que abarca Mendoza y Neuquén, y la tercera, bien al sur, con los cerros Viedma y Palei-Aiké, en Santa Cruz.

• Actividad: ABC de las erupciones volcánicas
Tanto Hawaii en el Pacífico, como la línea media submarina que recorre de norte a sur el océano Atlántico, son regiones de intensísima actividad volcánica: la lava fluye de esos inmensos agujeros en la tierra en forma serena, se desliza como líquido. Los volcanes hawaianos se hallan tapizados de colchones de lava suaves y brillantes. No son volcanes explosivos, y sus lavas suelen ser más oscuras y tener alto contenido de hierro y de magnesio.
Sin embargo, a medida que el magma de la región contiene más silicatos (óxidos de sílice) y metales en su composición (aluminio, sodio), la lava se torna más ácida y viscosa, en el lenguaje de los expertos. Se espesa y endurece, forma piroclastos (rocas, piedras, cenizas, espuma que al solidificar se convierte en piedra pómez) que al obstruir el cráter del volcán generan presión en su interior y, cuando ésta se libera (en parte gracias a la gran cantidad de vapor de agua que casi toda erupción libera) explota.
Hay escalas para medir el índice de explosividad de los volcanes, basadas en el volumen de material expulsado y la altura que alcanza la columna de fuego y cenizas. Una nube piroclástica de menos de 1 km de altura se considera propia de una explosividad “menor”; una explosividad “grande” –de 5 en una escala de 8– correspondería a una erupción que alcanza entre 10 y 25 km de altura, con mil millones de metros cúbicos de material (lo que cabría en un cubo compacto de 1 km de lado) escupido desde el interior de la tierra. De este tipo son los mayores volcanes que hay en la Argentina; hay volcanes en Indonesia o Filipinas con erupciones que han alcanzado los 50 km de altura.

(M.R. – Publicada en Miradas al Sur el 6 de junio de 2011 con el título “Roesgo de incendio”)

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