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Mar
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La vida es trastorno

La indudable eficacia de los psicofármacos los ha convertido en una solución eficaz para el padecimiento mental que, sin embargo, no deja de tener sus aspectos controvertidos ni sus efectos colaterales.


La “estigmatización de la enfermedad mental” es un concepto que ha adquirido varios significados, pero básicamente se refiere a la tácita mirada de reprobación social que pesa sobre la locura, o mejor dicho, sobre esas formas clasificadas de “locura” que tradicionalmente se resolvieron con la separación de ciertas personas de la sociedad y su reclusión en los llamados manicomios, figura emblemática que ocupa hoy el hospital neuropsiquiátrico.
Para el médico psiquiatra Eduardo Grande, este es un concepto que no sólo ha cambiado en los últimos años, sino que va a tener que seguir cambiando. Y no sólo por una cuestión de humanidad o de respeto por los derechos humanos de los pacientes –aspecto en el cual todos estuvieron de acuerdo en noviembre pasado, cuando a pesar de las controversias se sancionó la Ley Nacional de Salud Mental–, sino porque de otra manera será muy difícil que la sociedad pueda responder satisfactoriamente a los problemas que presenta el padecimiento mental que, en última instancia, forma parte del desafío de vivir.
Grande, que fue director del servicio de Salud Mental del Hospital “Teodoro Álvarez” de Buenos Aires y presidente de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM) hasta noviembre pasado (actualmente el cargo lo ocupa el psicólogo Alberto Trímboli, a cargo del área de Adicciones en el mismo hospital porteño), forma parte de la corriente que cuestiona la identificación de todo padecimiento mental con un “trastorno” o “patología”, como si existiera una “normalidad salvadora”: “Todas las enfermedades mentales crónicas reconocidas, como la esquizofrenia, las psicosis, las crisis maníaco-depresivas, llamadas ahora ‘bipolares’, o los desórdenes generados por los retrasos mentales, forman un grupo minoritario respecto de la problemática de la que se ocupa la salud mental –enfatiza–. Lo más importante es lo que genera el estrés de la vida cotidiana. La depresión es hoy una enfermedad prevalerte, y va a ser la enfermedad prevalerte durante los próximos años. La ansiedad-depresión no sólo va a tener que ser manejada por los psiquiatras, psicólogos y profesionales de la salud mental, sino que va a haber que capacitar a los médicos clínicos, cardiólogos, gastroenterólogos, porque están relacionadas en el cuerpo con patologías orgánicas. La dispepsia, la fibromialgia, y otra gran cantidad de patologías, además de las que se denominaban ‘psicosomáticas’, que están relacionadas con el aparato psíquico.”

Versus
Los antipsicóticos de última generación, reconoce, han sido un gran avance, porque permiten que muchos pacientes que de otra manera deberían estar internados, se mantengan bajo tratamiento en un hospital de día: “Esto reduce notablemente ese estigma con el que carga el enfermo mental, porque no es lo mismo ser tratado durante tres horas en un hospital de día que estar internado en un hospital neuropsiquiátrico”. A pesar de que no provocan los efectos colaterales de los neurolépticos de primera generación (como la clorpromazina o el haloperidol, que causa síntomas parkinsonianos, entre otros efectos), los llamados “antipsicóticos atípicos” generan ciertos efectos colaterales: “Uno que vemos todos los días es la obesidad, ya que producen alteraciones del metabolismo y del sistema endocrinológico”, señala.
“La palabra también modifica la neuroquímica del cerebro, aunque no con la misma eficacia que un fármaco. Cuando alguien tiene una cefalea tensional –ejemplifica–, se le da una aspirina y el cuadro mejora. Pero si uno quiere tratar terapéuticamente esa cefalea tensional, seguramente va a necesitar al menos una semana para poder atemperarlo. Esa es la diferencia, y eso es lo que hace que tal vez la acción de un fármaco sea vista como más eficaz que la de una psicoterapia, ya sea psicoanálisis, terapia cognitiva, terapia sistémica o cualquiera de las otras variantes.”
“En las enfermedades psicosomáticas crónicas –asegura– ayuda más la psicoterapia que los psicofármacos. Porque si alguien padece una dispepsia, una enfermedad musculoesquelética, o asma bronquial, los psicofármacos tienen su efectividad, pero, ¿qué hay que pensar entonces? ¿Hay que dárselos toda la vida? Y esa es otra de las problemáticas: cuándo dejamos de dar un psicofármaco en aquellas enfermedades en las que hay repercusión del aparato psíquico sobre el cuerpo”

“Higiene mental”
Este concepto, del que mucho se ocupó el médico, filósofo y ensayista ítalo-argentino José Ingenieros (1877-1925), suponía la tarea de “limpiar el cerebro” del permanente bombardeo de pensamientos negativos que sufre por parte del inconsciente, lo cual impulsaría a las personas hacia conductas obsesivas o fóbicas en las que, muchas veces, queda atrapado. “¿Quién lo atrapa? Nadie: se atrapa a sí mismo, y de eso se sale con la psicoterapia”, señala el psiquiatra (y psicoterapeuta que define lo suyo como “psicoterapia clásica, la que te enseñan en la Facultad”).
“No niego que en los cuadros graves de crisis, de entrada, haya que dar algún apuntalamiento psicofarmacológico”, sintetiza, pero señala que para la superación de los conflictos que llevan a la persona a recaer en sus padecimientos crónicos, “la psicoterapia puede ser tan efectiva como la psicofarmacología”. Más aún cuando los psicofármacos para el dominio de la ansiedad y las fobias, sobre todo en la Argentina, se han transformado prácticamente en una adicción social.

(M.R. – Publicado en Suplemento Salud – Diarios del Interior – Feebrero de 2011)

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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