10
Sep
10

Mater hay una sola

Lo que se ve en esta imagen de una estructura cristalina, fotografiada con microscopio electrónico de efecto túnel, son... -atomos.

Acá me dí el lujo de contar una anécdota que data de cuando fui profesor de Electrónica en la escuela técnica con alumnos de quinto año (y que me la publicaran).

A veces el trabajo de los científicos puede dar al profano la impresión de una disciplina esotérica. Y si no, he aquí la verídica historia de un profesor de secundario que creía que el átomo no es más que una abstracción teórica.


“¿Usted sabía que los átomos no existen?”, preguntó entonces el profesor encarando a uno de los alumnos, sin poder ocultar su maligna satisfacción por ver cómo el más profundo desconcierto pintaba el rostro del muchacho. De repente se apagaron las preguntas capciosas de la clase para testear cuánto sabía el docente sobre átomos y electrones, y sobre cuánto tenían que ver con eso las fórmulas que escribía en el pizarrón. Preguntas curiosas, sí, pero no del afán por conocer los secretos de la materia, eso que está presente desde el inicio mismo del universo y de lo que está hecho todo lo que existe, lo vivo y lo no viviente. Más bien parecían querer saber cuándo el profesor habría de tirar la toalla, de declarar su ignorancia y de perder así toda autoridad para evaluarlos a la hora del examen.

Pues bien, ahí tenían su merecido: Sepan, pícaros, que los átomos no existen. Que el átomo, al que creen el fundamento de lo real, de la materia (“mater”, se le cruzó al profesor mientras hablaba) no son más que un modelo teórico creado por los físicos a partir de la interpretación de observaciones de laboratorio. Aquello que es más pequeño que la longitud de onda de la luz no se puede ver; apenas si se puede interpretar. Pero en esencia nos es completamente desconocido. Así que a no tomarse tan en serio eso del átomo.

– Nadie vio jamás un átomo. ¿Conoce a alguien que haya visto alguna vez un átomo? ¿O alguien de ustedes tuvo el gusto alguna vez de ver un átomo de verdad? –preguntó a quemarropa.

– Yo creí que al menos tenía su lógica –atinó a responder uno de los muchachos, resistiéndose a pasar tan pronto del rol de sabelotodo al de ignorante. Con una sonrisa de suficiencia tal vez intentaba inútilmente cubrir la caída de los dioses.

– ¿Y quién dice que no la tenga? –repuso el profesor, que se había acercado hasta los bancos del fondo–. Tiene lógica y nos da poder para manipular la realidad. Miren al pizarrón: circuitos ideales, resistencias y capacitares ideales, ecuaciones de cálculo de transconductancias, factores de retroalimentación y respuesta frecuencial. Todo abstracción pura, y sin embargo alguien construye un amplificador de radio con estos parámetros y, si funciona bien, se comportará, como si fuera magia, según lo previsto. Igual que con el modelo del átomo. Sólo que los capacitares y los transistores reales existen; los átomos no.

El profesor giró sobre sus talones y se volvió caminando hacia el frente de la clase. Eso no era una victoria por puntos, era ganar por nocaut.

Pero no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, y muchos años más tarde vendría la revancha. Fue en un encuentro de nanotecnología. Una seguidilla de imágenes tomadas con nanosscopio barredor de efecto túnel le mostraba una secuencia de objetos de arriba abajo. Cada objeto de la serie era más pequeño que el anterior. Al llegar a la penúltima imagen, que semejaba una especie de tornillo, le advirtieron: “Es una hebra de ADN”. Pero el rabillo de su ojo se dirigía a la última imagen, la de más abajo. Comenzaba a intuir lo peor.

Y era lo peor. No era una lámina a todo color, de aquellas en que se representaba a protones, neutrones y electrones como simpáticas y lustrosas bolitas rojas, negras y azules. Era una fotografía en blanco y negro. Sólo luz y oscuridad. “Son los núcleos de átomos de hierro dispuestos en una estructura cristalina”, oyó que le decían. Ahí estaban, brillantes, guardando entre sí unos de otros una distancia extremadamente regular, y circundados por una profunda tiniebla que parecía confirmar que la mayor parte de la materia no es más que espacio vacío. A lo sumo un vacío poblado de una alta probabilidad de hallar partículas erráticas, pero un vacío al fin.

Se fue del lugar tratando de convencerse de que no eran átomos eso que había visto. El nanoscopio –se decía– recorre una muestra registrando las regiones del espacio con mayor densidad de carga para que después una computadora haga una especie de mapa con los datos recibidos. Y es solamente eso lo que ahí se ve. Los átomos, seguía diciéndose, no existen. Y es verdad que esas lucecitas estaban ahí, abriendo la oscuridad como los soles de Van Gogh agujerean el cielo; pero a quién pueden asustar.

(M.R. – Publicado el 10 de julio de 2010 en el suplemento Futuro de Página/12)

Anuncios

1 Response to “Mater hay una sola”


  1. septiembre 10, 2010 en 1:25 am

    Maraviiloso Marcelo, mis saludos desde Choele y te felicto por la evolución del Blog!!
    Gaby


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


Inquietudes alrededor de la ciencia y la salud

Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

Archivos

Top Clicks

  • Ninguna

A %d blogueros les gusta esto: