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Ene
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Villanos y antihéroes de la ciencia

La calavera del "Hombre de Pillotown"

Los seis grandes fraudes científicos que cuenta el escritor y divulgador Matías Alinovi en su reciente “Historia universal de la infamia científica”, parecen responder, más que a una expresión de voluntad de poder o a una búsqueda de prestigio ilegítima, a la desesperación de los protagonistas por manipular una realidad adversa.

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Charles Dawson fue uno de los más tenaces buscadores del “eslabón perdido”, hasta que anunció la aparición de sus fósiles en Pilltown, Inglaterra. Florentino Ameghino, en cambio, tenía su propia teoría: el hombre es argentino. El alemán Ronald Richter le aseguró a Juan Domingo Perón tener la receta de la fusión nuclear controlada, hasta hoy (sesenta años después) nunca lograda por el hombre. A Paul Kammerer no lo convencía Darwin con eso de la selección natural, y pasó varios años experimentando con reptiles y anfibios para demostrar que la lucha por la adaptación al medioambiente produce cambios orgánicos que son heredados por las generaciones siguientes.

Tan convencidos estaban todos ellos de lo suyo que, a la hora de demostrarlo ante el mundo –o al menos ante el mundo científico– no les importó modificar las evidencias para que la realidad coincidiera con lo que ellos sostenían. Matías Alinovi, físico, escritor, periodista y divulgador científico, recopiló las historias de estos personajes –entre otros– e intentó con ellas dar una interesante vuelta de tuerca a la divulgación científica en su reciente libro Historia universal de la infamia científica (ed. Siglo XXI, 2009).

Más allá de lo técnico, detrás del fraude científico se ocultarían siempre ciertas ambiciones humanas.


Lo interesante del fraude es que hay un elemento patológico. Yo puedo querer demostrar, como hizo Florentino Ameghino, que el hombre es argentino, y hasta ahí todo es lícito. Porque creo que Ameghino entendió bien de qué se trataba: fue a Inglaterra y vio que ahí querían demostrar que el hombre era inglés, y fue a otros lugares y se dio cuenta de que en realidad cada paleontología nacional estaba interesada en demostrar que había una línea propia de ese pueblo. Ningún inglés se proponía demostrar que el hombre era africano, sino que a esa verdad se llegó mediante aspiraciones equivocadas, ya que nadie se había propuesto demostrarlo. Lo patológico del fraude no es la aspiración, es manipular los indicios. Pero después, ¿hasta donde esperar que eso funcione? Yo creo que el autor del fraude está tan desesperado que no piensa en lo que va a venir después. El “Hombre de Pilltown” funcionó al principio, pero Dawson pensó que toda la paleontología se iba a ordenar alrededor de él, y esa me parece una idea increíble.

¿La irresponsabilidad, tal vez?


Sí, pero no sé si ponerlo en esos términos porque todo el mundo tiene algo de irresponsable; y ellos no pensaron en nada de lo que podía venir después.

En el caso de Paul Kammerer, por ejemplo, pareciera que fue demasiado sencillo desenmascararlo: las marcas de las supuestas rugosidades aparecidas en el proceso de adaptación eran tinta china… ¿dependía de un punto tan débil todo su proyecto?


Bueno, el director del instituto en el que Kammerer trabajaba le escribió a la revista Nature que no se puede hablar tan claramente de fraude, porque no puede girar todo en tono a un poco de tinta china en la mano de un sapo. Porque Kammerer fue a la Universidad de Cambridge, y ahí analizaron el sapo, lo miraron con el microscopio, había mucho material fotográfico, muchos especímenes. Si el fraude no fue más que un poco de tinta china, decía, ¿cómo se llegó a ese punto?

Lo que cuestionaba era que el supuesto fraude hubiera pasado el filtro de una de las instituciones científicas más importantes del mundo.


Sí. Pero creo que lo que pasó es algo más raro. El director dijo que era obvio que alguien puso la tinta china para desacreditar a Kammerer. Un clásico de las tramas de traficantes de drogas.

¿Qué pensás de la función pedagógica de la divulgación científica?


Creo que hay un problema en la misma palabra “divulgación”, una idea de esclarecimiento, de camino hacia algo que hay que mostrarle al profano. Una suerte de “evangelización” de los que “no saben nada” para sacarlos del oscurantismo.

¿Y contar la historia de “los malos de la ciencia” sería una forma de quebrar esa visión?


Puede ser, pero sin una pretensión moral. Desde la literatura o el relato se pueden contar historias de la ciencia, o que provengan de la ciencia. El problema es que la literatura tiene sus propias reglas: siempre es más interesante la historia del “malo”, el fraude… También se puede escribir una novela sobre Pasteur, alguien que trabaja las veinticuatro horas para el bien de la Humanidad…

Seguramente también tendría sus puntos oscuros esa historia.


Seguramente, pero no creo que sea tan divertido… Eso es lo que yo llamo “hagiografía científica”, que es lo que en los últimos 200 años se intentó hacer. Los franceses tienen muchas historias así: las de “los santos que inventaron las vacunas, gracias a los cuales estamos vivos”.

¿Y creés que no es así, que no es válido ese reconocimiento?


Sí que lo es. Seguramente hay gente más abnegada que uno. Pero, ¿es interesante eso para contar? [risas]

Hablabas del método científico como una especie de “filtro” o de garantía para la sociedad frente a quien quiere demostrar algo. Un filtro que también es construido social e históricamente, influido por instituciones que lo sostienen…


Definitivamente, no se trata de un terreno neutral en el que se dirime la cosa, es algo mucho más complejo que eso. Pero también es interesante preguntarse qué otra cosa podría haber, si todos estamos acá con nuestra intenciones y nuestras experiencias. ¿Qué otra cosa podría haber mejor que este acuerdo “parlamentarista”, si se quiere? Incluso el método científico no podría ser más que eso. Somos humanos, y como en todo, hay reglas, cosas que se pueden hacer y otras que no, y a todo eso llegamos a través de acuerdos. No quiero caer en eso de que todos los acuerdos son iguales: el método científico es una tradición de pensamiento antigua y muy interesante, y de la que tenemos la sensación de que construye algo. Pero es una tradición entre otras.

Cuando hablamos de fraude suponemos una línea divisoria entre lo verdadero y lo falso. ¿Puede este modelo de pensamiento ayudar a pensar problemas científicos donde la frontera es más difusa, como podría serlo la creación de enfermedades para ampliar el mercado de medicamentos, de la que tanto se habla?


Lo que entra a tallar en ese caso es cierta idea de lo moral y lo inmoral. El fraude es una manipulación dolosa de los indicios: uno quiere probar algo, los indicios no señalan que las cosas sean como uno sugería y entonces, se los manipula y se muestran los datos manipulados como si fueran verdaderos. Pero obviamente se pueden hacer cosas horribles sin fraude. A mí me interesa ese aspecto en problemas como la manipulación genética de embriones, pero no puedo decir que haya fraude ahí. Me parece que el fraude parte de una desesperación personal. Yo siento un poco de piedad por el fraudulento. Es alguien que tiene un problema de comunicación o de relación con los demás, y todo eso lo va encerrando y lo constriñe a cometer un fraude. Y uno podría preguntarse, por ejemplo en Kammerer: ¿qué necesidad tenía? Era rico, inteligente, tenía éxito con las mujeres… Creo que es parte de un desesperación personal, y que el asunto de la moralidad o inmoralidad de la ciencia no viene por ese lado.

(M.R. – Publicado en Nova Res el 17 de diciembre de 2009)

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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