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Las epidemias como historia de la incertidumbre

Si el dengue y la gripe porcina despiertan en la clase media urbana tanta paranoia,  habrá qué pensar lo que fueron las grandes epidemias del pasado. Sin antibióticos, sin asepsia, sin televisión  y sin saber nada de virus ni de bacterias ni de priones, pero siempre con la obsesión por saber qué hacer para “salvarse“, y despertando actitudes extremas en la sociedad.


Un cuadro habitual en medio de esta reciente temporada de circulación del A (H1N1), responsable de la gripe pandémica: Ante el menor dolor de cabeza o resfrío, hacer la ´conexión inmediata´ con la información -veraz o no veraz, la gente no tiene por qué saberlo de antemano- sobre las cifras de muertos a la fecha, progresión en la que los medios no dejan de hacer foco. Luego, tranquilizarse al saber que la mayoría de los casos, como en cualquier gripe, ´se curan solos´. El 96% aproximadamente, escucha uno, y suspira en parte aliviado. Al aparecer la fiebre, ir de inmediato al hospital, someterse de inmediato a radiografías para saber si existe afección pulmonar por bacterias.

Preguntarse: ´¿Será la gripe A?´ ¿Cómo saberlo si no se hace el hisopado para identificar el virus? ´Lo siento, señor, por orden del Ministerio no se realizan hisopados más que a las personas en grupos de riesgo´, anuncia tajante el médico, en medio de la sala de espera atestada de gente con pañuelos y barbijos, esperando ser atendida, y otros sin tantos pañuelos ni barbijos que miran con recelo, más cerca de los carteles que identifican los sectores de ´Dermatología´, ´Oftalmología´ o ´Servicio al cliente´. Menos mal que es un centro privado, se queja alguien en voz baja. ´¿No será mejor que las personas sospechosas de gripe A esperen en una sala aparte?´, se leería en la pantalla de un hipotético dispositivo capaz de descifrar las mentes. No haría falta gran conocimiento sobre virus o sobre epidemiología para pensarlo. Alguien protesta por lo que considera un maltrato, pero el personal no se hace cargo (demasiado trabajo para hacerse cargo de cada reclamo, en momentos en que todo el mundo tiene reclamos que hacer), pero deja de reclamar al advertir que no tiene a la gente de su parte, que lo ven como mirarían a quien les estuviera metiendo un dedo en una llaga. Una mujer vuelve a su casa, llevando del brazo a un señor mayor que tapa su boca con un barbijo, seguramente a rumiar en silencio los argumentos de dos funcionarios de turno que se acusan mutuamente por los muertos, cuyas cifras acaba de dar el locutor del noticiero y se confunden con música de fondo.

El relato y la norma



peste Desconfianza, miedo, la necesidad de un conocimiento que brinde cierta tranquilidad, actitudes ´de rebaño´ o actitudes solidarias. Y sobre todo, las preguntas: ´¿Qué está pasando? ¿Me ocurrirá a mí también?´, han sido desde el principio de los tiempos un factor común de las grandes epidemias. Según la reciente Historia de las epidemias (Capital Intelectual, 2009), del divulgador científico Matías Alinovi, en cada momento de la Historia hubo diferentes formas de responder a la incertidumbre que las grandes epidemias plantean en la sociedad.
La principal diferencia entre las actuales epidemias y las del pasado histórico -como la peste, la sífilis, la lepra o el cólera, que son las que el autor trata en su libro-estaría en la voz de la ciencia con su función normativa basada en la experiencia: hoy es el científico el que, en medio de tanta incertidumbre, tendría la facultad de brindar cierta tranquilidad a la sociedad con su postura sobre lo que a todos les interesa: qué hacer para no verse afectado y para ayudar al resto.
En este libro, la historia global de cada una de estas enfermedades ´termina´ con el descubrimiento de su agente etiológico: la Yersinia pestis en el caso de la peste, el treponema pallidum en el caso de la sífilis, el bacilo de Hansen, causante de la lepra, y el vibrión colérico. Pero antes de conocerse estos microbios, durante siglos, cada sociedad en su momento tuvo sus formas de manejar la incertidumbre, formas dadas mayormente por el sentido común imperante, por los valores morales y por la religión. En suma, de las relaciones de poder imperantes.
¿Y es muy diferente esto en la actualidad? Para Alinovi, los científicos de hoy no tienen tanto que ver con quienes en el pasado establecían categorías morales como si fueran ´métodos´ de lucha contra la enfermedad (cosa muy evidente, por ejemplo, en el caso de la sífilis, que por ser de transmisión sexual estuvo por siglos asociada a ´conductas impropias´, y tal vez aún hoy lo está).
Antes bien, la ciencia les debe, más que a los médicos de antaño, a los cronistas, esos que describieron minuciosamente lo que ocurría a su alrededor, aquellos que escribieron ´lo que ven sin entender, para que otros entiendan sin ver´.

La lucha contra lo que no se ve



Las viejas crónicas griegas (430 años antes de Cristo) y romanas (año 186) de las grandes ´pestes´, por ejemplo, permitieron entre otras cosas saber que la enfermedad atacaba a todos por igual, y descubrir, siglos más tarde, que los legendarios Hipócrates y Galeno no habían tenido que luchar en realidad contra la peste bubónica, sino contra la viruela y el tifus. Sí fue la peste bubónica la que mató millones de personas en la Edad Media, en una Europa signada por un poder religioso que propuso, como respuesta al terror y la incertidumbre, las ejecuciones de sus enemigos políticos y grandes matanzas de aquellos a los que consideraba ´causantes´ de la enfermedad.
Fue por esta época que se habría afianzado la idea de los miasmas, ´aires malignos´ que brotaban de las entrañas de la tierra para castigar la iniquidad de los hombres en forma de una cruel enfermedad. Y aunque se fijaron reglas de conducta sobre cómo actuar frente a las pestes, no había posibilidad de garantizar que estas lograran salvar la vida de quien las observara. Al menos, se prometía que quien las cumpliera podría pasarla mejor en la ´otra vida´. Recién a partir de la Gran Peste del siglo XIV algunos cronistas observaron que la enfermedad hacía diferencias sociales: la gente de las barriadas pobres que no abandonaba sus casas, observaba en Florencia Giovanni Bocaccio, autor del Decamerón, ´enfermaban de a millares por día y morían todos´.
La microbiología surge de la mano de Robert Koch y Louis Pasteur a finales del siglo XIX, pero medio siglo antes de eso, en 1848, el médico inglés John Snow ´inventó´ la epidemiología, es decir: el estudio de la forma en que las enfermedades se distribuyen en la población y las causas que la favorecen y la impiden. Y lo hizo sin conocer la teoría de los agentes causales (ya que de hecho por entonces aún no se hablaba de virus, de bacterias ni de tripanosomas), utilizando la matemática y leyendo las crónicas de los soldados británicos que en sus campañas a Oriente se refirieron a la forma en que sus compañeros se morían por el cólera, una enfermedad transmitida a través del agua que hace una década ha tenido muy a mal traer a la gente de esta parte del mundo, que ya la creía una enfermedad olvidada.

(M.R. – Publicado en el Supemento Salud – Diarios del Interior, en estiembre de 2009)

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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