31
Jul
09

Lo que se hereda no se roba

RatonesEsta(ba)  tan, pero tan claro que  lo que se aprende no es heredado por la descendencia a través de los genes… Pero al menos se probó en ratones que ciertas capacidades adquiridas por la hembra a lo largo de la vida pueden ser transmitidas a su prole a través de los genes. Y la epigenética da elementos para suponer que en las personas pasarían cosas parecidas.

La madre puede transmitir algunas de sus experiencias a sus hijos a través de los genes. Este año, el equipo del bioquímico estadounidense Larry Feig, de la Escuela de Medicina de la Universidad Tufts, publicó en The Journal of Neuroscience que cuando se expone a un ambiente estimulante a un grupo de ratones en edad reproductiva –un ambiente de laboratorio que incluía el contacto con nuevos juguetes y posibilidades de interacción social– se enriquecen sus capacidades de memoria.

Desde hace tiempo se sabe que la actividad mental recreativa favorece el desarrollo neuronal; de hecho los cognitivistas aconsejan crucigramas y juegos de ingenio como antídoto de largo plazo para evitar el desgaste prematuro de esas capacidades en los adultos mayores. Pero lo que suena más sorprendente del trabajo de Feig es que también las crías de estos ratones “estimulados” poseen capacidades cognitivas mejoradas respecto de aquellos cuyas madres no lo fueron.

En principio parecería que esta idea contradice lo que habitualmente se piensa de los genes, a saber: que forman parte de un código genético invariable e inmodificable a lo largo de la vida, y que define biológicamente la identidad de un individuo.

Falsa alarma

Pero en realidad no lo contradice: el ADN no cambia a lo largo de la vida; lo que sí cambia es la expresión de ciertos genes de ese ADN. Dependiendo de una serie de complejísimos procesos biológicos, que los científicos todavía seguirán descifrando aún a lo largo de años como si se tratara de un rompecabezas, los genes del ADN –que químicamente son proteínas– se “esconden” o se exponen, se activan y se silencian.

Esto traería sobre el tapete algo nuevo entre el “genotipo” (la configuración de los genes de un individuo) y el “fenotipo” (la expresión de esos genes en el organismo “hacia fuera”, en los rasgos, los caracteres, el color de pelo, la voz, etcétera): son los “endofenotipos”. Para explicarlo sencillamente, el endofenotipo sí cambia a lo largo de la vida, y tiene que ver con “cómo están” los genes en cada momento de la vida y cuáles son los procesos que determina ese estado. Por ejemplo, en el caso del experimento, determinados estímulos del ambiente inducirían cambios en la expresión genética, favoreciendo la actividad de genes implicados en procesos de desarrollo neuronal.

¿Por qué es necesario suponer que esas experiencias influyen en los genes? Porque si no es imposible pensar que puedan transmitirse esos cambios a las siguientes generaciones.

Que aclarar no oscurezca

Este era, según Jean Baptiste de lamrarck (1744-1829): las partes del cuerpo más usadas son las que más se desarrollan -decía-, y ese desarrollo es heredado por la descendencia, y se va sumando generación tras generación. Darwin, que publicó El Origen de las Especies en 1859, no negó este principio de herencia de caracteres adquiridos, pero la Biología se olvidó de él, especialmente después de que se descubrieron los genes. Y ahora... todavía es un poco temprano para ir a pedirle disculpas a Lamarck.

Este era, según Jean Baptiste de Lamrarck (1744-1829), el mecanismo por el que las especies evolucionan: las partes del cuerpo más usadas son las que más se desarrollan -decía-, y ese desarrollo es heredado por la descendencia, y se va sumando generación tras generación. Darwin, que publicó El Origen de las Especies en 1859, no negó este principio de herencia de caracteres adquiridos, pero la Biología se olvidó de él, especialmente después de que se descubrieron los genes. Y ahora... todavía es un poco temprano para ir a pedirle disculpas a Lamarck.

¿Qué experiencias influirían en los genes y podrían ser transmitidas a la descendencia? Decididamente no todas. En comparación con las experiencias que conforman una vida, se sospecha que serían más bien pocas aquellas a las que les cabría este mecanismo. Algunas conductas o rasgos del carácter tal vez. Se piensa que hay períodos de la vida –la primera infancia, la adolescencia– en los que ciertos genes son más propensos a sufrir esos procesos de activación y silenciamiento, y por eso son edades decisivas. También se piensa, por ejemplo, que ciertos estados depresivos podrían inducir procesos fisiológicos –tofo en lenguaje de hormonas, neuroansmisores y enzimas– que afectarían la actividad de los genes que nos hacen propensos a enfermedades.

La epigenética –un campo de estudio bastante diferente de la genética– está en pañales, pero está ayudando a saldar la vieja polémica en torno a si lo que cada ser humano es, lo es desde antes de nacer, determinado por los genes, o si por el contrario, lo determinante está en la cultura, en el ambiente, en la experiencia de cada cual.

Genes, ambiente y algo más

La respuesta de la epigenética parece salomónica: las dos cosas son igualmente ciertas y, a la vez, ambas posturas son extremas y por lo tanto, erradas si cada una excluye a la otra.

Enfermedades como la esquizofrenia han sido un ejemplo típico. Si es de base genética, ¿por qué una familia contenedora o represiva pueden hacer que se desate o no en un joven que es propenso a padecerla? Y si, por el contrario, su causa es social, ¿por qué algunos la padecen y otros, sometidos a las mismas circunstancias de vida y de crianza y aún peores, no la padecen?

La respuesta es que ciertamente, la información presente en los genes marca cuáles son las posibilidades que la biología da a cada organismo. Para los biólogos, la epigenética es la llave para conocer las íntimas maneras en que la vida social –con sus emociones y experiencias– influye en los procesos corporales aún a nivel de las propias células, ya que en el núcleo de cada una hay una copia del ADN.

Todos los médicos saben –algunos dirán que no se sabe sino que se sospecha– que el estado anímico puede influir, por ejemplo, en la aparición de un cáncer: con la epigenética podrá dentro de un tiempo ayudar a saber, en detalle, cómo y por qué.

En realidad el estudio de esta disciplina vale para cualquier ser vivo (animal, planta, bacteria o cualquier otro), pero su aplicación en el ser humano aparece como algo apasionante, entre otras cosas por las diferentes implicancias ideológicas y de mercado que pueden significar las diferentes formas de articular la biología con la cultura. Porque diferentes formas de encarar un problema de salud (¿Son innatos? ¿Son causados por el medio social?) implican diferentes formas de considerar quiénes deben ocuparse de solucionarlo y quiénes son responsables.

En principio, cada vez parece haber menos lugar para interpretaciones facilistas que hacen el “corto circuito” entre los genes y la biología y la cultura humana actual como si todo lo que a los hombres y mujeres les sucede fuera sólo una consecuencia “natural” de sus características biológicas.

(M.R. – Publicado el 1º de julio de 2009 en el Suplemento Salud . Red de Diarios del Interior)

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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