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Jul
09

El viejo sueño de ganarle a la muerte

deathO es el camino del triunfo del Hombre sobre sus limitaciones y dolores; o deshumaniza al mundo y agrava las diferencias sociales; o sólo debe tomarse con cautela en cada caso hasta que demuestre ser inofensiva: la bioética busca entender cómo la tecnología está cambiando las ideas de la salud, la enfermedad, la vida y la muerte, y cómo orientar estos cambios.

Entre los oscuros grabados con que decoró su casa el pintor español Francisco de Goya –autor también de los famosísimos cuadros La maja desnuda y Los fusilamientos del 3 de mayo– había uno titulado El sueño de la Razón engendra monstruos, título que puede interpretarse de dos maneras: o es la Razón cuando duerme la que engendra monstruos, o es la Razón que sueña, por ejemplo, cuando la ciencia y la tecnología fantasean acerca de sus propias posibilidades.

Con esta última acepción en mano, las posibilidades que abren las técnicas de reproducción asistida, la ingeniería genética, la informática, la cirugía, las nanotecnologías y la cibernética, descolocan a muchos. Dos posiciones extremas ante estos cambios son las de “optimistas” y “pesimistas”: capaces ya de modificar la propia biología de las especies –la humana inclusive–, las nuevas tecnologías llevarían al Hombre, en sendos viajes sin escalas, al paraíso o al infierno sin término medio. Para abandonar esa película de ciencia ficción en blanco y negro está la bioética, que aplicada a la medicina se ocupa, según definieron especialistas en un reciente encuentro en Buenos Aires, de “problemas que transcurren en escenario médico, pero que son de toda la sociedad, no de la medicina”.

Contra los que consideran que la técnica es “neutral”, José Alberto Mainetti –doctor en Medicina y en Filosofía y director del Instituto de Bioética y Humanidades Médicas (IBHM) de la Fundación Mainetti, en La Plata– afirma que por el contrario, es “ambivalente”: puede ser beneficiosa o perjudicial, pero nunca inofensiva.

Para los adherentes a la utopía cientificista –Mainetti habla de “post-humanistas”, según el manifiesto de 2001 de la estadounidense Fundación Nacional para la Ciencia–, la tecnociencia vendría sencillamente a hacer realidad el milenario sueño del Hombre de mejorar la propia naturaleza de la especie humana y vencer a la enfermedad y la muerte. Sueño que, como señala Mainetti, llega desde las más remotas culturas: uno de los relatos más antiguos de los que se tiene noticia en la Historia cuenta que tras su infructuosa búsqueda en pos de la salud, la juventud y la vida eterna, el mítico Gilgamesh, héroe de la Antigua Mesopotamia, es instado por los dioses a disfrutar de sus días en la Tierra, llenar el vientre, vestirse cómodamente, contemplar a los niños y abrazar a su mujer, ya que es eso “lo único que está al alcance del Hombre”. En resumen: mejor olvidarse del sueño de la inmortalidad.

La tradición judeocristiana, apunta Mainetti, asocia al dolor, la vulnerabilidad humana y la muerte con el “pecado original” (haber desobedecido a dios) y, aunque parezca contradictorio, de este riñón surgieron los primeros devotos de la Ciencia –occidental– con mayúsculas, como Roger Bacon (Siglo XIII) el gran filósofo empirista inglés que ansiaba a través de ella, según decía, “reparar el daño causado por la caída del Hombre en el pecado original”.

Pero a pesar de lo que se ha logrado extender el promedio de vida de la gente en los países menos pobres, con la muerte no se pudo. Y en los hospitales no sólo son un lugar donde la gente se cura, sino también, muchas veces, donde se muere.

La doctora Isabel Pincemín, médica coordinadora del Programa de Cuidados Paliativos del Hospital de Clínicas José de San Martín de Buenos Aires y también doctora en Filosofía, observó que “en el contexto médico hay una gran dificultad para hablar de la muerte”. En la Edad Media la muerte era un hecho social, donde familiares, amigos y vecinos acompañaban a la persona moribunda en su casa; hoy se la niega, apunta, y más sintomáticamente en las instituciones donde suele ocurrir, que son los hospitales.

Allí, según describe, la muerte parece debatirse “entre el encarnizamiento terapéutico para curar” –tratamientos invasivos o con fuertes efectos adversos, conexión a equipos de soporte vital y monitoreo y otras prácticas sin consentimiento del paciente para conservarle la vida pero sin respeto por su calidad de vida– “y el abandono de personas” cuando no tienen posibilidad de curarse. “Las salas de cuidados paliativos –consideró por lo tanto– deben ser consideradas un lugar seguro para afrontar el sufrimiento de la muerte”, donde las decisiones médicas deben ser conensuadas con los pacientes y sus seres queridos.

¿Se puede o se debe?

Mainetti, que participó junto con Pincemín de un reciente encuentro sobre Bioética en la salud organizado por la obra social OSPAT en la sede de la Asociación Médica Argentina (AMA), tomó distancia de la posición “utopista”: La tecnociencia, reconoce, “mejoró la calidad de vida, pero también está generando cada vez más problemas”.

El doctor Carlos Gherardi, director del Comité de Ética del Hospital de Clínicas y docente de la Universidad de Buenos Aires, se refirió en ese encuentro al “imperativo tecnológico”, esa idea según la cual siempre que se pueda usar la tecnología, “se debe” hacer. Esta concepción, presente tanto dentro como fuera del ámbito hospitalario, estaría haciendo que no sea el hombre el que maneje los instrumentos de diagnóstico, terapia y soporte vital, sino al revés: “Los medios parecen volverse mucho más importantes que los fines”, criticó.

¿Por qué se invierten los términos? En primer lugar, según Gherardi, porque se cree que todo problema planteado por la tecnología “debe ser resuelto con más tecnología”. Como la tecnología puede extender los límites de la vida más allá de lo que antes era posible, la muerte de un paciente suele ser explicada de la misma forma: “No fue suficiente la tecnología”.

Otra de las críticas que hace Gherardi –quien como médico se especializa en el área de terapia intensiva– es la despersonalización de los pacientes: cuando la vida y la salud se reducen a un conjunto de parámetros y signos vitales –y esta es la manera en que la técnica parece operar sobre el organismo– la labor de los médicos tendería sólo a corregir los valores que estén fuera de lo normal, argumenta.

Cuando alguien ingresa en un hospital, continúa Gherardi, no sabe quién es su médico; y como es frecuente que deambule de especialista en especialista, se perdería “la diferencia entre lo principal y lo accesorio”, porque cada médico buscaría corregir los parámetros que le competen a su área, pero finalmente nadie sabría por qué ingresó el paciente al hospital. “El discurso técnico borró la voz del paciente”, coincidió Mainetti.

Por estas razones, Gherardi invitó a considerar a toda nueva tecnología con el mismo criterio que a los nuevos medicamentos, o a los cultivos transgénicos en Europa: “peligrosa hasta que demuestre ser segura”.

(MR.R – Publicada en Suplemento Salud – Red de Diarios del Interior en julio de 2008 con el título: “A mayor tecnología, ¿mejor salud?”)

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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