16
May
09

La “farmacología” del medioambiente social

Jorge Colombo

Jorge Colombo

Nos puede hacer bien o mal tanto una droga, como un mensaje, como ver un noticiero por TV. Esta es la curiosa visión funcionalista de un neurobiólogo.


Incluso desde la neurobiología resulta imposible soslayar la acción de la sociedad y la cultura como potencial factor tóxico o terapéutico capaz de alterar las funciones del organismo de manera similar a la que puede hacerlo una droga.
Pasar diez minutos, media hora y aún más, ante un canal de televisión que repite las noticias más sensacionales del día sin escatimar impacto emocional requiere una importante actividad mental para contrastar esos mensajes con otros, obtenidos del contacto con el mundo, y concluir que no es esa que muestra la pantalla la única realidad. Que no necesariamente tiene que sucederle a uno todo lo que ve en pantalla.
Si se comparase la reacción, al cabo de un tiempo, de grupos de personas con diferentes grados de exposición a ese tipo de mensajes y diferentes grados de actividad social que les permita contrastar la información, pocas dudas caben acerca de dónde se encontraría gente más deprimida o con trastornos de ansiedad, por ejemplo. El neurobiólogo Jorge Colombo, investigador del CONICET, lo considera en términos de una “farmacología del medioambiente” que puede llevar fácilmente a una “toxicidad social”.
“El enriquecimiento social y afectivo, o del ambiente físico, genera condiciones virtuosas para el desarrollo cerebral y mental hasta la adolescencia. Pasado ese periodo inicial –apunta el especialista– estas condiciones continúan generando un refuerzo positivo de comportamientos productivos”. Esto se ha analizado tanto en grupos humanos como en animales de experimentación.
Por el contrario, “la marginalidad, la desocupación, la inseguridad personal, la noción de inmovilidad social, la banalidad predominante en muchos medios de comunicación masivos, la falta de perspectivas personales, la ausencia de expectativas positivas y otros factores”, explica Colombo, “pueden considerarse como parte de una farmacología social que genera comportamientos dispares, y en un contexto no completamente metafórico”.
La inquietud de Colombo “está muy lejos de pretender originalidad en cuanto a las bases científicas”, según él mismo explica: “Sería una visión monocular soslayar la ingerencia directa que tienen las decisiones de políticas públicas sobre la salud mental y los comportamientos de una comunidad”, aclaró.
Vengan de donde provengan, las noticias generan rechazos, adhesiones, adicciones, depresión, excitación, apego, tanto como sus expresiones contrarias, o simplemente indiferencia. Todos ellos moificadores del comportamiento que, por cierto, no vienen en cápsulas. “Los estados de abulia, depresión, ansiedad, manía, y euforia han sido descriptos en la Historia como resultado tanto de maladaptacion como de éxito social, como también por falta de alimentos esenciales, o la ingesta de compuestos naturales o sintéticos que afectan el estado emocional, la autocrítica o la identidad”, argumenta el neurobiólogo.
Desde su óptica, fenómenos como la baja productividad individual, irritabilidad, falta de concentración, formas sociales de autismo, adicciones a drogas, comportamientos caracterizados por desinterés o el relegamiento de reglas u ordenanzas públicas serían expresions de ese “malhumor ciudadano”.
Desde la biología
Las drogas psicotrópicas activan, inhiben o bloquean, dentro de las neuronas, los reeptores que las hacen sendibles a neurotransmisores. De esta manera se producen “artificialmente” estados de alerta, ansiedad, receptividad, agresividad, depresión o sueño. Las condiciones ambientales objetivas, incluidas la palabra y el gesto, se incorporan al ser percibidas y adquieren una forma similar: la de “mensajes” electroquímicos que circulan a través de la trama de circuitos cerebrales, “gatillando” distintas respuestas tanto racionales como afectivas.
“Todos sabemos cómo una contención efectiva de un infante, de un anciano, de un enfermo o en una pareja actúan como reaseguro, relajante, o como todo lo contrario en caso de condiciones agresivas –explica el científico–. Respuestas neurovegetativas como taquicardia, hipertensión, gastritis, alteraciones del tránsito intestinal, alteraciones del sueño, o bien conductuales como la falta de concentración,  impulsividad), emocionales (inestabilidad, agresividad, indiferencia) son denominador común a ciertos elementos “farmacológicos” del medio ambiente. Básicamente, los códigos accesibles de procesamiento de información cerebral son los mismos en todos los casos. En todos ellos participan procesos de activación/inhibición de circuitos y ensambles neuronales y gliales sean reguladores de  “estados internos” o comportamientos manifiestos.”
La pregunta clave es cuáles serían los “antídotos” para tales efectos tóxicos. “La respuesta es sencilla, pero el proceso aparenta ser muy dificultoso, pues se trata de generar una sociedad con mayor bienestar, eliminar la inequidad en la distribución de la riqueza, mayor y mejor educación, menor impunidad de los niveles directivos, tender a construir una sociedad más acorde con  las necesidades fundamentales de la población y generar predictibilidad de las condiciones de vida a futuro. Por ello es que la mayor responsabilidad la tienen los funcionarios, los hacedores y ejecutores de políticas públicas. Los mayores proveedores de ‘toxinas sociales’ en la actualidad son ellos. Y no solamente habría que eliminar los “factores tóxicos sociales” sino también ‘desintoxicar’ a los más afectados.”
Desde la cuna
En la psicología experimental vienen dando cuenta de este tipo de fenómenos investigadores como Harlow (1954) en primates no humanos al criar monos con modelos artificiales de “madres” . En su presencia el infante exploraba el medio ambiente mientras que en su ausencia permanecía en un rincón en actitud pasiva, retraída. Este cuadro se ha reproducido en humanos, lamentablemente, en las innumerables condiciones de postguerra, como ha sido publicado en revistas científicas. Por otro lado, el entrenamiento cognitivo ha demostrado –tanto en humanos como individuos experimentales- su capacidad de beneficiar el ajuste al medioambiente, o la respuesta ulterior a condiciones negativas. Asimismo, en la última década diferentes grupos de investigación han acumulado evidencia sobre cómo las condiciones socioeconómicas modulan la emergencia y el desarrollo de aspectos básicos de la conducta inteligente, a diferentes niveles de análisis como el comportamiento y la activación de diferentes áreas cerebrales.

Cabe mencionar también que el entrenamiento cognitivo ha demostrado –tanto en humanos como individuos experimentales- su capacidad de beneficiar el ajuste al medioambiente, o la respuesta ulterior a condiciones negativas.
Este enfoque resulta algo atípico, porque no considera al cuidado de la salud como una responsabilidad exclusivamente personal de cada ciudadano “Creo que habría que fomentar las líneas de investigación -y tenerlas en cuenta para su aplicación- en salud mental y desarrollo social, y hacerlas tema de “políticas de Estado”. También creo que esa investigación no debiera omitir el análisis de los objetivos sociales de las corporaciones, empresarios, etc. Por lo pronto los problemas que nos aquejan no creo que puedan combatirse con más y mejor educación dirigida exclusivamente a los niveles económicos más comprometidos, sino también “hacia arriba”, dirigida a fomentar conciencia de equidad y solidaridad en los niveles más acomodados.”

M.R. –  Publicado en el Suplemento Salud de La Nación el 04/10/08.

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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