26
Dic
08

Un peso, un dólar; una conducta, un trastorno

La clave del abuso de psicofármacos podría estar en los propios criterios de diagnóstico. El manual DSM-IV, adoptado en casi todo el mundo, es el que rige hoy la actividad de los profesionales de la salud mental. El psiquiatra y docente Alfredo Grande hace un análisis crítico del DSM-IV: sostiene que habilita a considerar toda conducta como un trastorno, y que eso abre las puertas a la sobremedicación que hoy se ve.

dsm-iv

Psicosis, neurosis, trastornos psiquiátricos, depresiones, trastornos de la personalidad, ataques de pánico: estos y muchos otros términos técnicos de diferentes niveles han servido a médicos y psicólogos en el intento de catalogar y denominar de maneras más precisas algo que la humanidad conoce desde el principio de los tiempos pero que ha resultado tan difícil de manejar como de delimitar, y a lo que el lenguaje común le ha dado el nombre de locura.

En 1994 la Academia de Psiquiatría Estadounidense elaboró el DSM-IV, o Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales, una especie de catálogo en el que se describen todos los cuadros psiquiátricos. El DSM-IV y sus posteriores actualizaciones no sólo es tenido como referencia por los psiquiatras para operar dentro de ese mundo de la mente, sino que ha estructurado la práctica de esa especialidad de manera bastante rígida, se ha extendido al campo de las psicoterapias –inclusive lo usan muchos psicoanalistas- y es además la referencia que tienen los sistemas de salud y las medicinas prepagas para definir las patologías susceptibles de atención en salud mental.

El doctor Alfredo Grande, docente de las universidades de Buenos Aires (UBA), Lomas de Zamora (UNLZ) y La Matanza (UNLM) y en la Universidad Favaloro, y director de la cooperativa de salud mental ATICO, se define a sí mismo como “psiquiatra, psicoanalista y cooperativista”. Consultado por la forma en que el manual DSM-IV influye en la atención de la salud mental de la población, se explayó sobre algunas de las controversias que dividen hoy a quienes se ocupan más directamente de estos temas.

“A cada conducta le llega su patología”

Grande sostiene que la clasificación dada por el DSM-IV, es decir, la matriz en la que se basa casi toda la atención institucionalizada en salud mental también en la Argentina, “es un intento logrado, exitoso, de hacer una estandarización de lo que ahora no se llaman enfermedades sino trastornos, que es una palabra mucho más abarcadora”. Pero cree que esa potencialidad es, a la vez, el origen de un gran riesgo: el de hacer que toda conducta humana pueda ser catalogada como un “trastorno”, ser tratada como tal sin indagar en las causas que la provocan ni en la persona que la tiene o la padece, y lo que es peor, hacerlo alegando una base científica.
En salud mental la distinción entre salud y enfermedad no siempre había sido del todo nítida –“y siempre luchamos para que no lo fuera, para que el enfermo no fuera segregado”, acota este especialista-; la situación actual, a su criterio, es que cada cual puede, en virtud de su conducta, padecer un trastorno “a corregir”, y el médico tiene el poder de aplicar el diagnóstico cuando estima que una determinada conducta se da en forma exagerada.
¿Con qué criterio? La respuesta del especialista en este caso no es del todo formal: “Hay una vieja clasificación que decía que un suicida es una persona más valiente que uno, un cobarde es alguien más prudente que uno, un obsesivo es alguien más ordenado que uno. Uno pasa a ser la referencia de lo normal.”

En el principio fue el remedio

El primer corolario de esta historia sería que para cada trastorno habría una solución farmacológica a medida. Cada una de esas medicaciones, explica el psiquiatra, “está
dada por los resultados de investigaciones que son de altísimos costos” para los laboratorios farmacéuticos que las patrocinan, y que según la lógica de estas empresas, tales costos “tienen que ser recuperados de alguna manera”.
“El caso paradigmático es el del ataque de pánico, con una medicación específica que es el clonazepam”, dice en referencia a la droga más conocida popularmente como rivotril, un ansiolítico que, según asegura, “muchos consumen hoy aún sin tener ataques de pánico, en forma preventiva, como si se tratara de una vacuna”.

Dr. Alfredo Grande

Dr. Alfredo Grande

Sin psicoterapia, asegura, no hay verdadero tratamiento: “En algún momento es necesaria la medicación, como en la comida es necesaria la sal. Pero no es lo mismo condimento que ingrediente. La medicación puede ser un ingrediente, de una dieta que debería ser muy variada, pero no la dieta única.” La advertencia que hace es que el modelo de atención en salud corre riesgo de centrarse cada vez más en ese paradigma único de la medicalización, y conforma una cultura represiva que no da al paciente muchas posibilidades de elegir su tratamiento y de acceder al origen de su malestar.

Dónde está el hombre que sufre

En el contexto actual de las condiciones de atención en los hospitales y clínicas, el escaso tiempo que los profesionales disponen para atender a cada paciente, las limitaciones en la cobertura de las obras sociales y prepagas, un manual de diagnóstico que traduzca la infinita diversidad de la vida psíquica humana en un listado de trastornos se vuelve un arma de doble filo: “En la singularidad del sujeto no hay trastornos: hay conflictos, padecimientos, traumas. Pero la ventaja del DSM-IV en esta era de la aceleración es que es muy rápido: en muy poco tiempo el especialista diagnostica, evalúa, medica y el paciente se va”, grafica.
Pero, ¿es posible hacer psiquiatría hoy sin aplicar el DSM-IV? “No”, responde Grande, “y ahí está la fuerza del pensamiento único: no podés porque te lo va a exigir el propio paciente si quiere un reintegro [de su obra social] o un certificado”.
El especialista alude al hecho de que al paciente se lo llame “beneficiario”, naturalizando la idea de la salud no como un derecho sino en su dimensión puramente comercial: “Para que el beneficio sea más, es necesario diagnosticar rápido, medicar rápido, y hacer que el sujeto que todavía está en algún punto del circuito productivo, no se caiga. El paciente que está deprimido quiere dejar de estarlo; el paciente que tiene insomnio quiere dormir. Fobias, obsesiones, ataques de pánico: a los síntomas la gente prefiere no tenerlos.”
Pero con eso se cierra la posibilidad de saber qué le pasa a la persona y de que la persona sepa lo que le está pasando: “Todo aquello que no se resuelve en el sujeto explota en el vínculo, explota en la familia. La violencia laboral, la violencia familiar, son el resultado de tratar solamente los síntomas. La persona va procesando a nivel individual lo que tal vez tapó alguna medicación. La única esperanza es que sigue habiendo colegas e instituciones del tipo del hospital de día, teatro espontáneo, psicodrama, psicología social, un psicoanálisis que yo llamo “de la Plaza”, dispositivos que siguen aferrados a esa vieja idea de Hipócrates, de que no hay enfermedades sino enfermos.”

M..R. – Publicado en La Voz del Interior

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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