24
Nov
08

El regalo más caro del mundo

¿Los laboratorios farmacéuticos influyen en laas decisiones de los médicos para vender más medicamentos? ¿O más bien tienen en sus manos la mayor parte de la formación de los profesionales de la salud (y la prensa espeecializada)? ¿Teoría conspirativa? No: marketing.

Con mucho, mucho menos que esto...

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Los laboratorios farmacéuticos son el negocio más rentable del mundo capitalista: 18,6% de margen de ganancia contra 15,8% de los bancos, que les siguen en rentabilidad. La sospecha de que la magnitud de ese negocio alcanza para generar prácticas sociales que tienden a convertir a toda la salud en un negocio puede ser tildada de “ideológica”, lo cual hoy por sí solo alcanza para invalidar cualquier argumento frente a buena parte del sentido común.

Pero es una nota publicada en The New York Times –y reproducida en La Nación el 19 de mayo de 2007– la que la salva. Su título –“Cómo influyen los laboratorios sobre los psiquiatras infantiles”– da por sentado que la prescripción de medicamentos, al menos en ese acotado terreno, está influida por el negocio, que hay médicos que recetan drogas independientemente de que sus pacientes las necesiten o no.

Mientras resuena la pregunta –¿sólo los psiquiatras infantiles?– se lee un dato sustancial e inédito: en Minnesota, único estado de los EE.UU. con registro público de lo que cada laboratorio paga a cada médico, las comisiones a psiquiatras entre 2000 y 2005 se multiplicaron por 6, y las prescripciones de drogas antipsicóticas a niños, por 9. “Los que más dinero reciben de la industria son los que más prescriben drogas”, resume el artículo por si quedan dudas.

En Argentina la Ley Nº17.132 prohíbe a todo médico vender remedios o aceptar beneficios de parte de los laboratorios. Formalmente, los agentes de propaganda médica que trabajan para los laboratorios les ofrecen, desde que se inician en sus residencias, información, muestras gratis e invitaciones para cursos de formación y congresos.

Pero los laboratorios son grandes protagonistas de la mayoría de los congresos de especialidades médicas: financian su realización, logran contacto más directo a través de sus stands y workshops, y solventan la concurrencia de médicos y de periodistas, que de otra manera no irían.

Quedar afuera de ese circuito implicaría, para muchos, automarginarse de la necesaria actualización profesional.

Así, los laboratorios cuentan con un poder que les permite hacer escuela –especialmente entre los médicos jóvenes– de un concepto de salud donde el medicamento es el centro y donde la mercantilización está totalmente naturalizada, donde si de pronto hubiera “incentivos” para prescribir medicamentos, éstos pudieran ser tomados como un detalle más.

En el XI Congreso Latinoamericano de Derechos Humanos celebrado este año en Rosario se debatió cómo romper este juego de “propuestas indecentes”, que llegan hasta el pago del spa para que los médicos “se vayan a relajar”. “La moral es individual pero la ética pide que haya un Estado que la controle, y eso, lamentablemente hoy no funciona”, dijeron, y lamentaron que sean tan pocos los médicos que se animen a hablar de este tema.

En los EE.UU. las exposiciones de las empresas en los congresos médicos son una fiesta del merchandising, los concursos, los regalos para médicos, las vistosas animaciones de presentación de los nuevos medicamentos, mucho más espectaculares que científicas, las cenas en restaurantes de primera, los hoteles, todo pago.

Allí, desde octubre pasado, la Universidad de Stanford prohíbe a los médicos que trabajan en sus dos hospitales, aceptar muestras gratis de drogas, publicar artículos anónimos a pedido de una empresa y aceptar cualquier regalo, por pequeño que sea, de parte de los laboratorios. Ni una birome, ni un pedazo de pizza. Nada, a fin de “eliminar la influencia corporativa en las decisiones médicas”. Y ya se sabe, ninguno se molesta en prohibir lo que nadie hace.

Sin duda que es posible aceptar estas reglas de juego sin convertirse en un simple reclutador de clientes para los laboratorios. Sin duda. Pero a no negar que la industria farmacéutica no seguiría con toda esta kermese si no le diera excelentes dividendos, es decir: si no lograran gracias a ella vender más de lo que la gente necesita. Por lo pronto sigue siendo inconveniente automedicarse o auto-desmedicarse; pero nadie puede esperar hasta la caída del Capitalismo para, recién después, confiar en su médico.

M.R. – Publicado en el Nº 2213 de Caras y Caretas, Agosto de 2007.

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Malestar Pasajero es una recopilación personal de artículos, notas y otras yerbas sobre temas de Ciencia y Salud publicados por el periodista Marcelo Rodríguez en diversos medios gráficos y de Internet.

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