¿No habrá un poco de autoritarismo en el discurso de cierto periodismo de “salud”?
Este artículo fue publicado a mediados del 2007 pero expresa algunas ideas que siguen sin perder vigencia.
Los diarios y revistas dedicados al público masivo cuentan con secciones y suplementos donde el lector puede enterarse desde pautas de conducta casi imposibles para vivir a salvo del infarto y del cáncer hasta de cuánto tiempo corresponde llorar por una ruptura amorosa antes de comenzar a tomar antidepresivos. Siempre sobre la base de estudios científicos. O hasta de cuán efectivo es rezar por una persona internada para que mejore su estado de salud, como en la nota de The New York Times reproducida en La Nación el 1º de abril de 2006, hace un año, emblemática porque sugiere de manera bastante gráfica cómo cierto furor cientificista aplicado a la información sobre salud parece querer entrar en competencia con la religión.
¿Es descabellado pensar que el objetivo de esa lucha es ocupar el trono de discurso disciplinador de la sociedad? Si la lógica de la publicidad crear la necesidad de un determinado producto para luego venderlo, entonces el llamado a vivir saludablemente –sin saber muy bien qué es la salud, pero con la evidencia científica de que el mal acecha por doquier– puede tener el poder de un dedo que señala al lector –al televidente, al oyente, al internauta– diciéndole que si está enfermo es por su propia culpa, porque sabe cómo cuidarse.
El poder de ese dedo crece con el aumento de las enfermedades silentes. La diabetes, el taponamiento de las arterias que predispone al infarto, la hipertensión, la insuficiencia renal –el cáncer, aparte– no dan síntomas perceptibles en el cuerpo. La salud ya no tiene casi nada que ver con el hecho de sentirse bien.
El capítulo que sigue son las enfermedades fantasmas, como el “síndrome metabólico”: una simple conjunción de factores de riesgo cardiovasculares, con la correspondiente droga para mantenerlo a raya (hace dos meses fue aprobada para la venta libre en Estados Unidos).
En marzo la Fundación Cardiológica Argentina convocó a la prensa a una reunión difundiendo resultados de una encuesta: las mujeres se mueren del corazón tanto o más que los hombres, pero siguen pensando que el infarto es cosa de hombres. Hubo datos muy curiosos. Más del 90% de las consultadas sabían que dejar de fumar, bajar de peso, achicar el estrés y reducir el colesterol “ayudan mucho a prevenir o reducir el riesgo de parecer una enfermedad del corazón”. Más del 80% conocía además los beneficios de hacer ejercicio y comer con menos sal. Alivio general en los periodistas presentes: esta vez nadie los iba a culpar de que el público no estuviera bien informado. El caso era que: 1) que estuvieran informadas no significaba que adquirieran las conductas consideradas sanas, y 2) que el 44% de esas mujeres ni siquiera habían visto, oído ni leído información sobre el tema el último año, y el 81% no consultó al médico durante el último año, la mitad de ellas porque se consideraba “sana”.
Es evidente que creerse sano –independientemente de que sea verdad– hace a la gente menos permeable al mandato de la vida “saludable”. Y valen aquí las comillas, porque aunque las pasiones adquieren formas que suelen identificarse más bien con las de la enfermedad, no sería serio desde ningún punto de vista declararse en contra de la salud.
La intoxicación por drogas legales –según un artículo de La Nación del 8/1/2007– es hoy la tercera causa de muerte en Estados Unidos y provoca 100.000 hospitalizaciones en la Argentina. Contra los factores de riesgo de esta epidemia, los medios no parecen tan implacables.
¿Es una paranoia la idea de que la información se transforma en un código de imperativos? Si lo es, tiene algún sustento, y es que así como el ritmo de las secciones dedicadas a política de los diarios y revistas de tirada masiva está marcado por la agenda del poder político, las secciones y suplementos dedicados a salud vibran al compás del negocio de las empresas médicas y farmacéuticas y de sus agencias de prensa. Rezar es gratis; cuidar la salud requiere recursos y además tiempo, que hoy no abunda por esas cuestiones del “acelerado ritmo de vida actual”, eufemismo utilizado a menudo por este discurso de la vida “saludable” para encubrir la superexplotación capitalista que caracteriza los tiempos que, hoy más que nunca, corren.
M.R. – Publicado en la edición de mayo de 2007 de la revista Caras y Caretas.